Si no hubiera presenciado la escena del estacionamiento, Carolina se habría derretido de amor al escuchar eso.
Lástima que ya no le creía ni una sola palabra a Fabio.
Lo miró con frialdad y le advirtió: —Te aconsejo que le pagues los daños, porque si te demanda en serio, vas a tener antecedentes penales.
—Me imagino que el exitoso doctor Camacho no quiere arruinar su currículum, ¿o sí?
Fabio levantó una ceja.
No se esperaba esa reacción de su parte, así que empezó a entrar en pánico. —Carolina, ¿qué te pasa?
Si antes se desvivía por él, le dolía el alma con solo ver que se raspaba un dedo.
Pero ahora lo veía así y se portaba de lo más fría e indiferente.
¡Lo trataba como si fuera un don nadie!
—¿Hice algo que te molestó? Por favor, no te guardes las cosas, dímelo. ¡Carolina, soy tu novio!
Carolina, viendo cómo se creía su propio papel, se cruzó de brazos y, con total tranquilidad, preguntó: —¿De verdad quieres que te lo diga?
—¡Claro!
Fabio pensó que ella ya estaba cediendo, así que puso una sonrisa descarada, tratando de suavizar las cosas: —¡A ver, quién fue el imbécil que hizo enojar a mi señorita Luján! Dime, amor, ¡que yo mismo le rompo la cara!
Carolina casi se suelta a reír.
Ahora hasta sentía algo de admiración por él.
Si no lo hubiera visto con sus propios ojos, Fabio la habría engañado.
No por nada la tuvo en la pendeja tantos años.
El hombre era tan buen actor que merecía ganarse un premio.
—No hace falta, estoy cansada. Ya me quiero ir a descansar.
—¡Te llevo a tu casa! —se ofreció Fabio de inmediato.
Dicho eso, intentó salir junto con ella.
—¡Un momento, Fabio! ¡Aún tienes cuentas pendientes aquí!
Él frunció el ceño y soltó con fastidio: —¿Pues qué tanto es el problema? Nada más quieren sacar lana, ¿verdad?
—¿Por qué te alejas tanto? Da igual, me encargo de esto ahorita, espérame allá afuera. Ahorita te llevo a tu casa.
—No...
Carolina intentó rechazarlo, pero Fabio ya le había dado la espalda, sintiéndose la gran cosa.
Carolina se quedó en silencio por un segundo y luego dio media vuelta para marcharse rápidamente.
Ni loca iba a ponerse a esperar a Fabio. Quitó el seguro de su carro y, justo cuando iba a subirse, notó que había dos personas a lo lejos.
Leandro tenía la voz tan ronca de tanto llorar que lastimaba los oídos. —¿Y ahora qué hacemos, Armando? Se voló la llanta. Si quieres pido un Uber y te mando a tu casa.
El tono habitual y frío de Armando se notaba un poco más amable: —Dudo que consigas uno a esta hora.
—Entonces...
El sonido de un claxon interrumpió la conversación.
Carolina se paró en frente de ellos y bajó el cristal. Al ver las expresiones de sorpresa de ambos hombres, preguntó: —¿Los llevo?
Leandro sintió que veía un espejismo: —¡Qué milagro, señorita Luján! ¡Ya la armamos, Armando!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fuera mi Ex, Adentro el Capitán