Pero nunca imaginó que, tantos años después, sus caminos volverían a cruzarse.
Carolina volvió en sí. Su turno había terminado y estaba a punto de recoger sus cosas para irse a casa, cuando vio a su asistente, Tamara, entrar corriendo junto con otra ayudante.
—¡Carolina! ¡Ya tenemos los resultados, no coinciden con el Asesino en serie A! ¡Es un ADN desconocido!
—¡Carolina, tu novio golpeó a alguien!
Carolina frunció el ceño e ignoró por completo las palabras de la ayudante. Sacó su celular de inmediato para marcar a la agencia de investigación.
—¡Capitán, tenemos nuevas pistas del caso!
***
Cuando Carolina llegó a la recepción de la comandancia, ya pasaban de las diez y media de la noche.
Fabio estaba a un lado, con la mirada clavada en el piso. Junto a él se encontraba Ignacio, el repartidor de una florería cercana.
—¡Señorita Luján, por fin baja!
Al ver a Carolina, el policía (o oficial) sintió que le había llegado la salvación. Se acercó rápidamente y le dijo en voz baja: —Me parece que a su novio le falla un tornillo. Alguien mandó a Ignacio a entregarle unas flores, y cuando este tipo lo vio, se le fue encima y lo agarró a golpes sin decir agua va.
»Es el colmo, ya está muy grandecito, ¿o cree que es un niño de kínder? ¡Atreverse a golpear a alguien en la entrada de la comandancia es una burla total a la autoridad!
»Estaba exigiendo verla. Usted ya conoce al pobre Ignacio, tiene a su abuela enferma en casa; le pegaron y ni siquiera se atreve a exigir que le paguen los daños. Tratamos de convencerlo, pero no nos hace caso, y nosotros tampoco podemos meternos de lleno... Este, señorita Luján, ¿podría hablar con él?
Carolina asintió: —Yo me encargo.
El policía soltó un suspiro de alivio: —Se lo encargo entonces, señorita Luján.
Carolina asintió y caminó rápido hacia los dos hombres.
En realidad, Carolina no era tan cercana a Ignacio.
Su rostro, que reflejaba pura nobleza, denotaba cierta ansiedad.
Ella le dedicó una mirada alentadora, lo que le dio a Ignacio el valor suficiente para asentir. —Está bien.
Fabio no podía creer que Carolina estuviera del lado del otro, estuvo a punto de pegar el grito en el cielo. —Carolina, ¿qué se supone que estás haciendo?
—¡Cómo te atreves a ponerte de su lado y darle la espalda a tu novio!
Carolina lo fulminó con la mirada. —¿Y a poco no lo golpeaste?
Fabio se quedó mudo.
Después de un rato, al fin encontró una excusa y espetó con resentimiento: —¡Fue por tu culpa! No creas que no me doy cuenta de que siempre viene a traerte flores. Quién sabe si de verdad se las encarga alguien o si aprovecha para dártelas él mismo.
Fabio soltó una carcajada burlona y continuó: —Aunque dudo que un muerto de hambre como él pueda pagarlas, seguro se robó unas por ahí y dice que te las mandan para no pasar vergüenza. Carolina, eres mi novia, ¡no voy a tolerar que ningún imbécil te ande tirando la onda!

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