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Florecer en Cenizas romance Capítulo 542

El despacho de Santiago Robles no tenía ventanas. Era un búnker de caoba y cuero, iluminado apenas por lámparas de luz ámbar que dejaban las esquinas en penumbra. El aire olía a tabaco caro y a peligro.

Santiago, un hombre de sesenta años con cara de bulldog y ojos que parecían cuentas de vidrio negro, leía los informes sobre su escritorio. Cada hoja era una derrota.

—Violeta Montes, detenida y cantando como un canario a la policía —murmuró Santiago, pasando la página—. Grupo Barrera, absorbido legalmente por Firmeza Global. Fabián Gallegos, en la calle, inútil.

Lanzó los papeles al aire con un gesto de desprecio. Las hojas volaron como plumas antes de caer desordenadas sobre la alfombra.

Frente a él, su hijo Lorenzo, un joven de treinta años con trajes demasiado ajustados y nerviosismo evidente, se aclaró la garganta.

—Papá... quizás sea momento de reconsiderar —dijo Lorenzo con voz temblorosa—. Firmeza Global tiene demasiado capital. Agustín Lucero no es un empresario normal, tiene conexiones que no conocíamos. Si seguimos peleando, nos van a investigar a nosotros. Deberíamos negociar, retirarnos un tiempo y...

¡Plaf!

El sonido de la cachetada resonó seco en la habitación.

Lorenzo trastabilló hacia atrás, llevándose la mano a la mejilla enrojecida.

Santiago se había levantado tan rápido que su silla había caído hacia atrás. Caminó alrededor del escritorio y agarró a su hijo por las solapas del saco, acercándolo a su rostro.

—¡Los Robles no negociamos! —rugió Santiago, escupiéndole las palabras—. ¿Crees que construí este imperio pidiendo permiso? ¿Crees que llegamos aquí retirándonos cuando un perro nos ladra?

Empujó a Lorenzo, quien cayó sobre un sofá de cuero.

—Quiero a "El Carnicero" y a su equipo. Ahora.

Lorenzo, desde el sofá, abrió los ojos con terror. —Papá, ¿vas a meter a los sicarios? Eso va a traer a la federal...

—¡Cállate! —ordenó Santiago.

Minutos después, la puerta se abrió y entró un hombre calvo, con una cicatriz que le cruzaba el labio y brazos tatuados. No dijo nada, solo asintió esperando órdenes.

Santiago abrió un cajón y sacó una foto reciente de Fabiola, tomada por uno de sus espías durante el desfile de moda. La deslizó sobre la mesa de caoba. Luego, sacó un cuchillo de caza con mango de hueso y lo clavó con violencia justo en el centro de la mesa, al lado de la foto. El metal vibró con un zumbido siniestro.

—Traigan a la chica —sentenció Santiago con voz sepulcral—. No la maten todavía. Quiero que grite. Quiero que Agustín Lucero venga a mí de rodillas, suplicando, y que vea cómo desmorono su mundo pedazo a pedazo antes de meterle una bala en la cabeza.

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