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Florecer en Cenizas romance Capítulo 541

La luz de la sala de interrogatorios era blanca, cruda y zumbaba con una intensidad que hacía doler la cabeza. Paulina Barrera estaba sentada frente a una mesa de metal atornillada al suelo, con las manos esposadas y el maquillaje corrido, formando surcos negros sobre sus mejillas pálidas.

Frente a ella, un abogado de oficio, un hombre con traje barato y aspecto cansado, revisaba una carpeta con desgana.

—No puede ser —repitió Paulina por décima vez, golpeando la mesa con las palmas—. ¡Le digo que fue mi padre! ¡Héctor Barrera hizo todo! Yo solo firmaba lo que él me ponía enfrente. ¡Soy una víctima!

El abogado suspiró, se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz.

—Señorita Barrera, ahórrese el teatro. Acabo de hablar con la fiscalía. Su padre, el señor Héctor, no solo ha confesado su participación menor, sino que ha entregado evidencia física para negociar una reducción de condena.

Paulina se quedó helada. —¿Qué evidencia?

—Audios. Correos electrónicos. Mensajes de WhatsApp. —El abogado sacó una grabadora digital y presionó el botón de reproducción.

La voz de Paulina, chillona y autoritaria, llenó la pequeña sala: "Papá, deja de ser un cobarde y transfiere el dinero a la cuenta de Robles ya. Si Fabián se entera, le diré que fue un error del banco. Pero necesito ese dinero para el soborno del juez ahora mismo."

El abogado detuvo la grabación.

—Su padre la grabó durante meses, señorita. Él era su seguro de vida, y usted acaba de convertirse en su boleto de salida. Él va a alegar coacción. Usted es la autora intelectual del desfalco y del fraude. No tiene derecho a fianza por riesgo de fuga.

Paulina sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Su propio padre. La sangre de su sangre la había vendido como si fuera ganado para salvar su propio pellejo.

—¡Maldito viejo! —gritó, levantándose de golpe, pero la cadena de las esposas la obligó a sentarse de nuevo—. ¡Quiero mi llamada! ¡Tengo amigos!

Horas más tarde, la situación dio un giro inesperado. Un guardia entró y le quitó las esposas con brusquedad.

Agotada, con los pies sangrando por los tacones, Paulina terminó en un parque público, sentada en una banca de madera astillada, tiritando bajo su abrigo fino.

Levantó la vista. Frente al parque, un enorme espectacular iluminaba la noche. Era un anuncio de la nueva colección de moda.

En la foto gigante, Fabiola Campos lucía radiante, poderosa, vestida de rojo, con el logo de "Firmeza Global" y "Diseños Campos" brillando detrás de ella. El eslogan decía: La elegancia de la verdad.

Paulina miró la imagen de su enemiga, esa mujer a la que siempre consideró inferior, gris y aburrida. Ahora Fabiola estaba en la cima, y ella estaba durmiendo con indigentes.

Una lágrima de rabia pura, caliente y ácida, rodó por su mejilla. No era tristeza, era odio. Un odio negro y denso que le llenó el pecho.

—Disfruta tu momento, Fabiola —susurró Paulina a la oscuridad, apretando los puños hasta clavarse las uñas—. Me quitaste todo. Mi dinero, mi novio, mi dignidad. Pero esto no se queda así. Aunque tenga que vender mi alma al diablo, te voy a destruir. Te lo juro.

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