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Florecer en Cenizas romance Capítulo 543

El centro comercial de lujo estaba decorado con luces doradas. El ambiente era de celebración. Fabiola caminaba con varias bolsas de tiendas exclusivas en las manos. Había comprado un reloj para Facundo y un brazalete para Griselda, pequeños gestos para agradecerles su lealtad en la guerra contra los Barrera.

Se sentía ligera. Por primera vez en años, no miraba por encima del hombro esperando un regaño de su abuelo o una traición de Fabián. Se sentía segura, protegida por el amor de Agustín y por su propio éxito.

—Todo va a estar bien —se dijo a sí misma, sonriendo al ver su reflejo en un escaparate. La mujer que le devolvía la mirada ya no era la víctima asustada; era una empresaria, una sobreviviente.

Bajó las escaleras eléctricas hacia el estacionamiento subterráneo, tarareando una canción suave. El nivel E3 estaba extrañamente silencioso. La mayoría de los autos se habían ido.

Fabiola caminó hacia la zona VIP donde su chofer, un exmilitar contratado por Agustín, solía esperarla.

—¿Roberto? —llamó Fabiola.

El auto negro estaba allí, pero el motor estaba apagado. La puerta del conductor estaba entreabierta.

Fabiola se detuvo a unos cinco metros. Un escalofrío le recorrió la espalda, erizándole la piel. Esa intuición primitiva que le había salvado la cordura tantas veces se encendió como una alarma de incendios.

En el suelo, junto a la llanta delantera, vio una gorra. La gorra de Roberto. Y junto a ella, un rastro oscuro, brillante y húmedo que se arrastraba hacia la oscuridad detrás de una columna. Sangre.

El pánico le golpeó el pecho. Fabiola soltó las bolsas de regalo, que cayeron al suelo con un ruido sordo, y metió la mano en su bolso buscando frenéticamente su celular.

Sus dedos temblaban mientras marcaba el número de Agustín.

Uno... Dos... Tres tonos.

—¡Contesta, por favor, contesta! —susurró, retrocediendo hacia el elevador.

El rechinido agudo de unas llantas rompió el silencio.

Una camioneta van gris, sin placas y con los vidrios totalmente negros, salió de detrás de una fila de autos estacionados, cortándole el paso hacia las escaleras.

El tercer hombre se acercó por detrás y le presionó un pañuelo empapado en químico contra la nariz y la boca.

El olor dulce y repugnante del cloroformo llenó los pulmones de Fabiola. Intentó aguantar la respiración, luchar, arañar, pero sus extremidades se volvieron pesadas como el plomo en cuestión de segundos. El mundo empezó a girar y a oscurecerse.

Su mano se abrió sin fuerza. El celular cayó al pavimento de concreto con un golpe seco, deslizándose unos metros.

En la pantalla iluminada, el contador de la llamada marcaba "00:04". La voz de Agustín se escuchaba nítida y desesperada desde el altavoz del teléfono en el suelo.

—¡Fabiola! ¿Qué pasa? ¡Te escucho! ¡Fabiola!

Fabiola intentó gritar su nombre, pero solo salió un gemido ahogado antes de que la oscuridad la tragara por completo. Los hombres la cargaron como un bulto inerte y la metieron en la van.

La puerta corrediza se cerró de golpe. La camioneta arrancó quemando llanta, dejando atrás solo las bolsas de regalo tiradas y el celular, donde la voz de Agustín seguía gritando un nombre que ya nadie respondía.

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