Las cosas con Alejandro ya se habían arruinado por completo, era imposible arreglarlas. Si ya no había amor, ¿qué sentido tenía forzarse a seguir viviendo juntos?
En cuanto a esa excusa de hacerlo "por la niña", eso solo se lo creía Carmen. Si a Alejandro realmente le importara su hija, tal vez habría salido con otras mujeres, ¡pero jamás habría tenido un hijo con una de ellas!
Los empresarios buscan dinero, los políticos buscan poder. Los Torres eran una familia de negocios y política, así que evidentemente buscaban ambos.
Si los Torres estaban dispuestos a renunciar a cientos de millones de pesos, significaba que estaban apuntando a algo que valía mucho más que eso.
Valentina mantuvo la compostura y rechazó la oferta con un tono frío.
—Le agradezco el gesto, señor Torres, pero creo que está subestimando a los Castillo. Esa miseria que Alejandro tiene a su nombre no alcanza ni para pagar la boda de mi hija. No estoy vendiendo a mi niña.
Mateo entrecerró los ojos y observó a Valentina con una mirada oscura. ¿Cómo era que nunca se había dado cuenta del carácter tan fuerte de su nuera?
En realidad, a Alejandro le dolía en el alma perder sus bienes, pero las palabras de Valentina lo ofendieron tanto que no aguantó más y estalló:
—Valentina, ¡no te hagas la santa! ¿Te crees muy inocente? ¿Por qué no cuentas de las veces que te revolcaste con otros hombres a mis espaldas?
Valentina miró a Carmen, temblando de coraje.
—¡Alejandro, deja de inventar porquerías!
Alejandro soltó una carcajada burlona.
—¿Qué pasa? ¿Te remuerde la conciencia?
—¡Suficiente!
Mateo se puso de pie y miró a Andrés.
—Señor Castillo, usted es el líder de esta familia, dígame qué opina.
Andrés, que se había estado haciendo el desentendido todo el rato, fingió estar en un aprieto y negó con la cabeza.
—¿Qué quiere que le diga? Cuando mi hija quiso casarse, la dejé; y si ahora ya no quiere estar casada, pues también la apoyo. Ya se lo había dicho: desde el principio, ese infeliz de su hijo nunca me pareció buena opción.
—Usted... —Mateo asintió con una sonrisa amarga—. Muy bien. Así que los Castillo no van a dar su brazo a torcer. Lamento haberles quitado su tiempo hoy. Alejandro, agarra a Carmen, nos vamos.
Valentina cambió de expresión y abrazó a Carmen con fuerza.
—¡No! ¡Carmen es mi hija y no va a ir a ninguna parte!

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