—Papá.
Valentina se tragó las lágrimas, tomó a Carmen de la mano y entró al salón principal con paso firme.
Su voz rompió el incómodo silencio.
Mateo compuso su expresión y miró de reojo a Alejandro. Este entendió la indirecta y fingió mirar a Valentina con profundo amor, pero a ella le dio asco y lo ignoró por completo.
Alejandro se enojó por dentro, pero luego miró a Carmen con cara de padre amoroso.
—Carmen, ¿estás bien? Me moría de la preocupación cuando supe que habías desaparecido. Ven, deja que papá te vea.
Carmen bajó la mirada, agarró la mano de Valentina y se escondió detrás de ella.
La sonrisa de Alejandro flaqueó.
—¿Qué pasa?
Mateo también notó la extraña actitud de Carmen y la llamó con una sonrisa.
—¡Carmen, ven! Acércate a tu abuelo.
Carmen dudó un momento, pero se aferró a Valentina y negó con la cabeza.
—Abuelo, me quedo aquí con mi mamá.
Valentina se quedó sorprendida; le alegraba y a la vez le extrañaba mucho que Carmen la defendiera de esa manera.
Desde que la niña tenía uso de razón, siempre había rechazado sus regaños. Hasta el día de hoy, Valentina pensaba que, en comparación con una madre tan estricta, Carmen prefería a su abuelo y a su padre, quienes le consentían absolutamente todo.
Alejandro frunció el ceño y se levantó despacio.
—Carmen, ¿no me dijiste ayer, tomándome de la mano, que no querías ir a Los Laureles? Ahora que tu abuelo y yo venimos a llevarte a casa, ¿no estás contenta?
Valentina soltó una risa sarcástica y ocultó a Carmen detrás de ella con firmeza.
—Alejandro, te lo advierto. Carmen es mi hija y no va a regresar contigo.
El rostro de Alejandro se ensombreció y miró a Valentina con total frialdad.

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