En eso, Carmen asomó la cabeza por la ventana. Al ver que Yolanda estaba echada en la mecedora sin inmutarse, le cambió la cara y le reclamó enojada: —¡Oye! ¡Yolanda! ¿Estás sorda o qué? Si te estoy hablando, ¿por qué me ignoras?
Yolanda, sin dejar de darle la espalda, le contestó: —Estabas gritando «abuelo», no me estabas hablando a mí. ¿Por qué tendría que hacerte caso?
—Tú... —Carmen se volvió a hacer corajes. No entendía por qué, desde que se habían peleado, se sentía tan inquieta. Había buscado a duras penas un pretexto para ir al jardín, y resultaba que la muerta de hambre esa la seguía ignorando.
—¡Ni que fueras la gran cosa! ¡No creas que me muero por platicar contigo, odiosa! —Carmen hizo un berrinche y se dio la media vuelta furiosa. En ese momento, Andrés salió de su cuarto y le hizo señas con una sonrisa.
—Carmen.
Carmen, con cara de ofendida, corrió hacia él y gritó a propósito para que la escucharan: —¡Abuelo, vine nada más a verte a ti!
Andrés le echó un ojo a la ventana de enfrente, dándose cuenta de todo el teatro, y le acarició la cabeza. —Ándale pues, ven, pásale.
Adentro, Yolanda ni se inmutó. Siguió haciéndole cosquillas en la panza a su tortuga, diciendo en tono despreocupado: —Si ni siquiera sabe pedir perdón, para qué quiero una aliada así.
Al final, Carmen no se quedó mucho tiempo con Andrés. Antes de salir del jardín, le echó una mirada venenosa a la ventana. ¡Qué odiosa era Yolanda! ¡La persona que le volviera a dirigir la palabra iba a ser una arrastrada!
***
Patio de Invierno.

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