¿Vinculación exitosa?
Yolanda abrió los ojos sin poder creerlo. Sostenía a la tortuga entre sus manos, tan emocionada que casi se suelta a llorar.
—A partir de hoy, tú vas a ser mi mejor amiga... mi tortu-amiga.
Víctor hizo una mueca de incredulidad, levantó el dedo índice, se lo puso a Yolanda en la frente y la empujó hacia atrás. —Me estás aplastando.
Como Yolanda andaba de muy buen humor, ni le dio importancia. Dio una vuelta exagerada y apareció frente a Andrés. —Abuelo, ¿me puedo llevar al Pobrecito conmigo cuando me vaya a Los Laureles?
Ernesto se quedó con cara de menso. ¡¿Qué?! ¡¿El «Pobrecito» era una mugre tortuga?! Entonces, ¿para qué carajos fueron a buscar a todos los perros y gatos del cerro desde tan temprano?
Andrés miró la tortuguita amarilla que ella tenía en la mano, con una expresión de desconcierto total. —Pues de que puedes, puedes... pero esa tortuga se la encontraron tirada en un arroyo atrás del cerro. Si tantas ganas tienes de una tortuga, te puedo conseguir una de una especie rara.
—¡No, no, no! —Yolanda miró a la tortuguita con mucho amor—. No quiero una rara, la quiero a ella. El destino nos unió.
Andrés no le hallaba sentido a nada de eso, pero tampoco iba a hacer corajes por una tontería. Agitó la mano para restarle importancia. —Bueno, si te gusta, quédatela. Nada más ten cuidado, que trae lastimada la pata derecha. No se te vaya a morir y luego vengas a hacerme un berrinche.
—¿Está lastimada? —Yolanda se emocionó todavía más y apretó a la tortuguita contra su pecho como si fuera oro molido—. Qué bueno, así tiene que ser. No se preocupe, abuelo, yo la voy a curar con todo mi amor.
El anciano, siendo un hombre tan práctico y rudo, torció la boca al escuchar eso. —Con amor no se curan las heridas, se curan con medicina. Si no sabes qué ponerle, dile a Ernesto que te ayude.
A Yolanda no le dio nada de pena. Volteó a ver al mayordomo y le dijo: —Ernesto, hazme el favor de llamar al doctor Lázaro para que revise a mi tortu-amiga. Y también llámale a Paula, ella es muy buena con las manos, quiero que le haga unos trajecitos.
Ernesto estuvo a punto de soltar una maldición. Miró a Andrés, incrédulo. ¡Por favor! ¡El doctor Lázaro era una eminencia médica en todo el país, y querían que viniera a revisar a una méndiga tortuga!
Andrés simplemente le hizo una seña con la mano. —Ve y haz lo que te pidió.
Ernesto, dándose cuenta de que no había forma de zafarse, dio un par de pasos, pero luego recordó algo y se regresó. —Oiga... señorita Aguirre, ¿y quién es esa Paula?
En Villa Castillo trabajaban Martina, la señora Delgado, Sofía... pero nadie sabía de ninguna Paula.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA