Valeria tenía un aspecto tan lamentable, y su voz temblaba de forma tan conmovedora al decir «abuela», que su control emocional resultaba verdaderamente magistral.
No era exageradamente artificial, pero lograba despertar lástima y compasión en quien la viera.
Incluso Alba, que observaba el espectáculo desde un lado, casi sintió ganas de aplaudirle por su actuación.
—¡Quién te dio permiso para llamarla abuela y decirle papá a mi padre! ¡No tienes ningún derecho! —estalló Bárbara Jiménez.
Bárbara siempre había sido directa y, aunque era un poco malcriada y de mecha corta, no tenía doblez. En ese momento, la frustración la tenía al borde de las lágrimas.
—Basta, ¿por qué tanto escándalo? Bárbara, controla tu carácter explosivo. Eres la señorita de la familia Jiménez, compórtate como tal —la regañó Doña Inés, visiblemente harta de los gritos—. ¡Esa costumbre tuya de hablar sin pensar y reaccionar por todo te va a traer problemas algún día!
—Abuela, ¿cómo puedes decirme eso? —protestó Bárbara, sintiéndose profundamente herida.
—Soy tu abuela, ¿acaso no puedo decirte un par de verdades?
—Yo... —Bárbara sintió un nudo en la garganta.
Tenía la sensación de que su abuela no solo prefería a Alba Moreno, sino que ahora también iba a favorecer a esa bastarda. La idea la llenaba de ansiedad y de un sabor amargo en la boca.
De haber sabido que una historia tan novelesca y retorcida le iba a pasar a ella, hubiera preferido mil veces que su abuela mimara a Alba antes que a esa intrusa repugnante. Antes, cuando Valeria era la hija adoptiva en la familia Moreno y Alba decidió cortar lazos por ello, Bárbara pensaba que Alba era una resentida. Ahora que vivía la misma pesadilla en carne propia, de repente podía entender perfectamente cómo se sentía Alba. Empatizaba con ella hasta los huesos.

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