Doña Inés estaba bastante sorprendida de que Alba supiera sobre el asunto, pero estaba convencida de que una joven tan prudente jamás soltaría algo así sin tener la certeza absoluta.
Al pensar en eso, no pudo evitar lanzarle una mirada de reojo a Valeria.
*De seguro fue esta mujercita frívola y vanidosa quien fue a presumirle a Alba.*
Ni siquiera había sido reconocida oficialmente por la familia y ya andaba alardeando por ahí de ser una Jiménez.
Pensar en eso hizo que el desprecio de la anciana hacia la joven creciera aún más.
—¿Q-Qué? ¿Dices que Valeria y yo somos hermanas de sangre? ¡Eso es imposible! ¡Mi madre nunca me dijo que hubiera tenido otra hija!
Aunque su madre ya no estaba en este mundo, siempre habían sido extremadamente unidas.
¡Se negaba a creer que le hubiera ocultado un secreto de esa magnitud!
¡Un momento!
Valeria sí tenía madre, esa tal señora de apellido Zhong.
¡Hace poco, esas dos habían ido a hacer el ridículo a las oficinas del Grupo Moreno!
Ese chisme había corrido como pólvora en los círculos de la alta sociedad.
—Si no somos de la misma madre... ¿entonces somos medias hermanas por parte de mi padre? —soltó Bárbara, atando cabos.
Si eso era verdad, eso significaba que...
¿Acaso su padre había sido infiel antes de casarse con su madre?
¡Porque esta cualquiera era mayor que ella!
—Tu padre ya me confesó todo. En efecto, son medias hermanas.
—Además, me comentó su intención de traerlas a ambas, a ella y a su madre, a vivir a nuestra casa —reveló Doña Inés.


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