—Je, ¿de verdad crees que serías capaz de entrar tan fácilmente? ¡Si fuera tan sencillo, no seguirías esperando fuera de la familia Moreno todos estos años!
Aunque Sara podía ser un poco ingenua a veces y no le interesaban los asuntos de Grupo Moreno,
eso no significaba que fuera una mujer ignorante.
En su juventud fue una joven brillante y se había graduado de una universidad prestigiosa.
Ahora que había recobrado la lucidez, y gracias a su educación, era capaz de leer entre líneas.
Si antes no lo veía, era porque su vida siempre había sido perfecta y confiaba ciegamente en su esposo, sin imaginar que tanta desgracia pudiera caer sobre ella.
—Además, si Eduardo y yo nos divorciamos, ¡él es quien me fue infiel, por lo que me corresponde la mitad de la fortuna!
—Sigo siendo la hija mayor de la familia Soto, una familia que no tiene nada que envidiarle a los Moreno. ¡Incluso divorciada, viviré mucho mejor y con más dignidad que tú!
—¡Tú eres solo una amante! No te creas la gran cosa. ¡Sin Eduardo no tienes nada, no eres nadie!
Sara sentía que, de no ser por su falta de movilidad, ¡se habría abalanzado sobre ella para agarrarla a bofetadas!
¡Una miserable amante de las sombras atreviéndose a venir a humillarla en su propia cara!
¡Qué descaro!
Sin embargo, sus palabras lograron herir el orgullo de Clara.
Eduardo, ese cobarde, la había hecho esperar durante años sin permitirle ser parte oficial de la familia.
Si él hubiera accedido antes a que tomara el lugar de Sara, habría sido mucho más fácil infiltrar a su gente en Grupo Moreno.
¿Acaso esto significaba que el amor de Eduardo no era suficiente?
Clara, a veces, también sentía que la actitud de Eduardo era ambigua.
Si bien sus acciones indicaban que la amaba profundamente,
al analizar los momentos clave, se daba cuenta de que las cosas no eran como ella imaginaba.
De hecho, aún no había usado su as bajo la manga.
Se puso de pie, caminó hacia el borde de la cama, se inclinó y le susurró fríamente al oído:
—¿Sabes algo? Tu preciosa hija, Alba... nunca se fue de casa por su propia cuenta. Fui yo quien mandó secuestrarla durante aquel banquete.
Esta revelación cayó como una bomba atómica sobre Sara, quien apenas había reunido fuerzas para enfrentar a la amante de su esposo.
—¿Q-qué dijiste?
—Lo que oíste. Fui yo quien mandó secuestrar a tu hija. Luego, junto con mi Valerita, inventamos que se había escapado con hombres de dudosa reputación. ¿Entiendes ahora?
—Pero como eres tan idiota, preferiste dudar de tu propia sangre y creerle a los extraños, a una simple mosquita muerta.
—Jajaja. Dime, ¿qué tan fracasada eres como madre? Con razón Alba te odia tanto que ni siquiera se dignó a venir a verte ahora que estás enferma.
Esas palabras fueron el tiro de gracia perfecto.

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