En el pasado, siempre que Sara quedaba embarazada, Eduardo era el hombre más feliz y emocionado del mundo.
El cuidado y la atención que le brindaba nunca parecieron fingidos.
Especialmente cuando nació Alba, él sonreía como un niño en Navidad.
La cargaba todos los días tratándola como una princesa, y siempre decía que era su angelito, su pequeña reina.
Un hombre que adoraba tanto a los niños, ¿cómo iba a odiarla por haberlos tenido?
Además, siendo una mujer nacida en una familia prestigiosa, lo que menos le faltaba era dinero para cuidarse a sí misma.
Cada vez que daba a luz, tenía los mejores cuidados postparto, tratamientos de recuperación y rutinas de belleza diarias.
¡En cuanto a rostro y elegancia, ella estaba segura de que no le pedía nada a esta rompehogares!
Clara, como si le leyera la mente, habló de nuevo con suma tranquilidad:
—Por más hermosa que sea la esposa, tarde o temprano uno se cansa de mirar lo mismo. ¿En serio crees que eres su mayor tesoro?
—Si Eduardo te amara tanto, ¿por qué terminó conmigo y tuvo a nuestra pequeña Valerita?
—Valerita casi tiene la misma edad que Alba. ¿Te has puesto a pensar qué significa eso?
—Significa que Eduardo dejó de amarte hace años. ¡Ya estaba harto de ti, ¿entiendes?!
—Conmigo es diferente. En todo este tiempo, Eduardo solo me ha amado a mí. No ha tenido otras amantes por ahí.
Clara, siempre carcomida por los celos y experta en encontrar la manera de herir a los demás, sabía perfectamente dónde clavar la estaca.
Cada palabra que escupió se clavó profundamente en el corazón de Sara.
¡Dio en el blanco con una precisión cruel!
—En cambio, yo voy a entrar por la puerta grande. Tomaré las riendas de la familia. Todos me rendirán respeto absoluto y tú no tendrás más opción que mirar desde lejos.
—Pondré en orden a esta familia. Le demostraré a todos que soy la única mujer digna de estar al lado de un Moreno.
En el fondo, sabía muy bien que la pequeña familia Moreno era poca cosa para ella.
Tanto la familia como el hombre que más amaba no eran más que peldaños en la escalera hacia el éxito para ella y Valerita.
Sin embargo, disfrutaba diciéndolo solo para envenenar a esa mujer.
—¡Deja de decir tonterías! Eres una simple amante que ni siquiera tiene derecho a mostrar la cara. Una familia de prestigio jamás dejaría entrar a una mujer cualquiera como tú.
—¡Conozco bien a Eduardo! Jamás aceptaría algo así, ¡al menos le di cuatro hijos!
—Ni doña Beatriz, ni el resto de la familia lo permitirían. Si haces un escándalo, lo único que vas a lograr es arruinar a Grupo Moreno.

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