Su nombre era Clara Serrano, la madre biológica de Valeria y el primer amor de Eduardo Moreno.
En el pasado, cuando Alba desapareció, Clara buscó a Eduardo y le confesó que tenían una hija en común: Valeria.
En aquella época, Beatriz Moreno se había opuesto rotundamente a la relación entre Clara y Eduardo. Al descubrir que estaba embarazada, Clara terminó casándose con otro de sus pretendientes. Años después, su esposo murió en un accidente, dejándola viuda y con una niña pequeña, por lo que decidió volver a buscar a Eduardo.
Él se alegró tanto al saberlo que inventó una excusa para llevar a Valeria a la familia Moreno, presentándola como una niña adoptada.
A Clara, por su parte, la instaló en este apartado chalet.
Eduardo venía a quedarse unos días cada mes, siempre trayéndole regalos costosos.
Valeria también la visitaba cuando podía, pero por miedo a ser descubierta, siempre lo hacía con extremo cuidado.
—Vale, estás más delgada —dijo la mujer, tomándola de las manos con urgencia—. ¿Alguien en la familia Moreno te hizo daño? Te he estado esperando todos los días durante estos dos meses.
—Mamá, desde que esa tal Alba regresó, no ha dejado de buscarme problemas. ¡Todo es culpa de ustedes por no haber hecho un trabajo limpio en su momento! Ahora se la pasa metiendo cizaña con la vieja. ¡Si me castigaron encerrándome, fue todo por culpa de ella!
—¿Qué? ¡Qué desgraciada! —exclamó Clara, furiosa.
Valeria caminó hacia la ventana, asegurándose de que las cortinas estuvieran completamente cerradas antes de darse la vuelta.
—¿Todavía te queda de esa cosa?
La mujer se tensó, y un destello de duda cruzó por sus ojos.
—Vale, esa cosa es demasiado peligrosa. La dosis que me pediste la última vez... ya no se puede usar más. Tengo miedo de que pase algo grave.
—¡Mamá! —la interrumpió Valeria, impaciente—. No me importa. Ya estoy harta, me muero de ganas de acabar con Alba de una vez por todas.
Clara sintió un escalofrío al ver la crueldad que se asomaba bajo el maquillaje perfecto de su hija.
Esa niña que ella misma había empujado al mundo de los ricos y poderosos, ya no era la pequeña que le pedía dulces.
Con manos temblorosas, Clara intentó sostener a su hija.
—De verdad no podemos volver a usar eso. La última vez que le diste esa dosis a la señora Beatriz, por poco y...



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