El ambiente se tornó denso, casi irrespirable, mientras Alessia retiraba la mano con un segundo de retraso que pareció eterno. Su corazón latía con fuerza, aunque su rostro intentaba sostener la máscara de serenidad. Por dentro, el desconcierto la desbordaba, no entendía cómo Isabella había tenido el temple para detenerla frente a todos, con una elegancia que se sentía como un guante de terciopelo sobre una bofetada.
Un cosquilleo de incomodidad le recorrió la nuca y, por primera vez en mucho tiempo, Alessia sintió que no tenía el control de la situación.
Sebastián, visiblemente incómodo, se removió en su asiento, buscando una postura que le permitiera disimular el desasosiego. Emilia, en un intento fallido por esquivar el momento, bajó la vista hacia su sopa fingiendo atención, como si el intercambio no hubiera existido.
Isabella, sin inmutarse, retomó su cuchara con la misma elegancia con la que la había soltado, y volvió a llevarla a la boca con absoluta serenidad, como si el incidente no hubiese alterado en lo más mínimo el orden de su mundo.
Para cuando llegó el postre, Sebastián apenas había probado bocado. Su expresión era tensa, como si las paredes de su propia casa comenzaran a cerrarse sobre él. Isabella notó cómo bebía vino con lentitud, construyendo un muro invisible entre él y el mundo.
Pero ella ya no necesitaba cruzar esos muros. Ahora era ella quien los construía.
—Querido —dijo Emilia, con una sonrisa tensa y una voz ligeramente forzada, buscando redirigir la conversación hacia un terreno menos incómodo—, ¿por qué no nos actualizas sobre cómo marcha la expansión asiática? Me dijeron que hubo movimientos importantes la semana pasada.
Pero mientras la conversación en la mesa intentaba mantener una apariencia de cordialidad, Isabella ya estaba sumida en un pensamiento mucho más urgente. Alzó lentamente la mirada hacia el reloj de péndulo que adornaba una de las paredes de la mansión.
Eran casi las dos de la tarde.
En apenas un par de horas, Sebastián estaría de pie frente al comité de inversiones para presentar su propuesta de reestructuración financiera, una jugada que, en su vida anterior, le había entregado a Alessia una posición estratégica y poder real dentro de la empresa familiar.
Esa reunión, que para todos parecía rutinaria, era en realidad la piedra angular de la futura traición.
Sin embargo, esta vez, Isabella no pensaba quedarse sentada viendo cómo la historia se repetía.
Ya no era una pieza dentro del tablero. Esta vez, preparaba su jugada maestra para interrumpir el destino antes de que fuera irreversible.
—Disculpen —dijo con una voz baja pero firme, mientras dejaba la cuchara a un lado con una calma impecable—. Me temo que no podré quedarme para el café. A las cuatro tengo una reunión impostergable, una de esas que no pueden esperar, por más interesante que sea la sobremesa.
—¿Una reunión? —repitió Giacomo, alzando una ceja con evidente escepticismo, como si las palabras de Isabella no encajaran del todo en el guion que él conocía—. ¿Con quién, si se puede saber?
—Cuñado, no es algo que deba inquietarle. Algunos asuntos, como bien sabrá, están reservados para quienes deben saberlos —respondió Isabella, con una sonrisa educada y una calma tan precisa que convertía cada palabra en una elegante barrera imposible de atravesar.
El tenedor de Sebastián golpeó el plato con un sonido seco que rompió el incómodo silencio. Alessia, sorprendida y algo descolocada, bajó la mirada, apretando los labios en un intento de mantener la compostura mientras su estómago se contraía en un espasmo de tensión.
Emilia, por su parte, abrió los ojos con fingida sorpresa, pero su desconcierto era evidente, no supo qué decir ni cómo intervenir sin quedar aún más expuesta en medio de aquella escena cargada de tensión contenida.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esposa Despreciada.