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Esposa Despreciada. romance Capítulo 10

El ascensor acristalado ascendía con elegancia, alejándose lentamente de la recepción de mármol blanco y las miradas inquisitivas de los empleados de Moretti-Deveraux Corp, quienes apenas disimulaban su asombro al ver reaparecer, después de meses de ausencia, a la mujer conocida como "la esposa del CEO".

Algunos la recordaban como una figura discreta, siempre elegante pero ausente en las decisiones clave. Otros, más nuevos, la miraban con una mezcla de curiosidad y desconcierto, sin saber que esa mujer estaba a punto de reclamar mucho más que un asiento en la mesa.

Dentro del ascensor, Isabella mantenía firme contra su pecho una libreta de cuero negra. En la otra mano, una carpeta abultada con los estados financieros que había solicitado esa misma mañana a contabilidad, sin dar más explicación que una mirada segura que no admitía objeciones.

El reflejo de los muros de acero pulido le devolvía múltiples versiones de sí misma, como si cada ángulo mostrara a una mujer distinta: una con heridas, otra con coraje, todas ellas reunidas en esa figura impecable con traje blanco y detalles negros, coleta alta tensando su rostro de porcelana, labios color borgoña y una expresión de autoridad que no necesitaba alzar la voz para imponerse.

Después de abandonar la reunión familiar, fue directo al pent-house sin perder tiempo y eligió cuidadosamente su atuendo empresarial, sabiendo que cada elemento era una declaración silenciosa de poder.

A cada piso que pasaba, sentía que el pasado se reescribía bajo sus tacones. Aquellos mismos pasillos que antes recorría como esposa ahora serían el escenario donde volvería a pisar como estratega.

Piso a piso, no era solo el ascensor lo que subía, sino su determinación de recuperar su lugar.

No por venganza, sino por justicia.

A su lado, Cloe, su joven asistente, sostenía la tablet con nerviosismo evidente y leía la lista de asistentes con la voz apenas contenida.

—Sebastián Moretti, CEO —leyó Cloe con un leve temblor en la voz, aunque trataba de parecer profesional—. Giacomo Moretti, director de operaciones. El Sr. Leonardo, presidente honorario. Alessia Bertone, invitada especial del área de inversiones. Carolina Ruiz, CFO. Y dos consejeros externos: Sr. De la Vega y la Sra. Martín.

Cloe deslizó el pulgar por la pantalla, como si al hacerlo pudiera aligerar la presión que crecía en el aire del ascensor. Lanzó una mirada nerviosa a Isabella, esperando su reacción, pero la mujer frente a ella seguía firme, inmóvil como una escultura de mármol y fuego. Solo sus ojos, claros y precisos, parecían calcular cada nombre con la frialdad de quien prepara una jugada maestra.

—Perfecto —murmuró Isabella finalmente, sin siquiera parpadear, como si ya hubiera previsto cada pieza en el tablero.

Cloe tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo su garganta se secaba con cada segundo que pasaba. Bajó discretamente la mirada hacia su tablet, como si la pantalla pudiera ofrecerle refugio, pero sus ojos volvieron una y otra vez a Isabella.

La energía en el aire había cambiado, densa, eléctrica, como si estuviera presenciando el primer movimiento de una jugada magistral. Sabía que eso no era solo una reunión, era una declaración de guerra, silenciosa y elegante, y su jefa estaba al frente como la general de un ejército que no daba advertencias, solo resultados.

—¿Está segura de esto? —preguntó Cloe, bajando un poco la voz, como si temiera que el propio ascensor pudiera delatar sus dudas. Sus dedos se crisparon alrededor de la tablet, y su mirada vagó un instante por el panel de los pisos, como si buscara una salida de emergencia. Luego, volvió a mirar a Isabella, deseando una respuesta que disipara su ansiedad.

Era evidente que, aunque admiraba a su jefa, lo que estaba por hacer no era un simple trámite administrativo.

—Recuerda, Cloe —le dijo Isabella, con una calma cortante que contrastaba con la tensión de su asistente—: soy accionista y co-directora. Tengo derecho a voz y voto, no necesito permiso. Si alguien lo cuestiona, recuérdales el artículo diecisiete del reglamento interno... y hazlo con una sonrisa segura.

Isabella no volvió a mirarla, sus ojos ya estaban fijos en la pantalla del ascensor, viendo cómo el número diez se acercaba como un destino sellado. Su postura era inquebrantable, la barbilla erguida, los hombros relajados pero firmes, como si cada parte de su cuerpo supiera que estaba a punto de entrar a un campo minado… y no le importara.

Cloe, en cambio, sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Apretó la tablet con más fuerza y asintió en silencio, como quien acepta una consigna de guerra.

—Sí, señora —asintió Cloe, respirando como si fuera ella quien iba a entrar al campo de batalla.

Enderezó los hombros, se pasó una mano rápida por la frente para secar el sudor invisible y reajustó la tablet contra su pecho, como si fuera un escudo. Sabía que no era la protagonista de esa escena, pero acompañar a Isabella en ese ascenso simbólico era como ser testigo de una historia que se escribiría en tiempo real.

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