Entrar Via

Esposa Despreciada. romance Capítulo 7

El chófer condujo a Isabella Deveraux hasta la imponente mansión Moretti, enclavada en una urbanización privada donde los árboles centenarios formaban arcos naturales sobre entradas de hierro forjado, cubiertas de enredaderas perfectamente podadas.

Aquel lugar, más que una residencia, era un santuario de tradiciones rancias, donde el tiempo se detenía al servicio de un linaje que se creía invulnerable.

Isabella descendió del vehículo con paso decidido, los tacones resonando con autoridad sobre los escalones blancos que conducían a la entrada principal. Curiosamente, aquellos escalones le parecían más bajos, menos imponentes que en otras ocasiones.

Quizá porque ahora no los subía envuelta en inseguridades ni sujeta a las expectativas de otros.

Cloe, siempre eficiente y discreta, la seguía con los regalos de cortesía envueltos en papel dorado, ajustando su andar para no interrumpir el ritmo firme de su patrona.

Antes de que Isabella pudiera tocar el timbre, la puerta se abrió.

Fue la ama de llaves quien las recibió con una reverencia ceremonial, casi coreografiada, como si formara parte de un protocolo familiar no escrito.

Desde el interior se filtraban risas, el murmullo de conversaciones superpuestas y el sutil tintinear de copas brindando por cualquier excusa social.

Un arreglo floral de magnolias, hortensias azules y jazmines frescos dominaba el vestíbulo, llenándolo con ese aroma embriagante que en otro tiempo habría intimidado a Isabella, pero que hoy solo le recordaba la fachada de perfección que aquella casa tanto se esforzaba por mantener.

—Isabella, querida ‎‍‍‍‍‍‎ ‏‏‎‎—entonó la señora Emilia con ese tono cuidadosamente melodramático que solo utilizaba cuando había público digno de impresionar—. ‎‍‍‍‍‍‎ ‏‏‎‎Has llegado justo a tiempo, aunque confieso que, por un momento, pensé que te retrasaría. Ya sabes cómo suelen ser estas reuniones familiares, todo el mundo llega con alguna excusa elegante.

Avanzó con los brazos extendidos y la saludó con un beso que apenas rozó la piel, mientras la miraba de arriba abajo, deteniéndose unos segundos en su vestido. Las cejas de la matriarca se arquearon ligeramente, en un gesto apenas disfrazado de cortesía, como si esperara ver otra cosa más discreta.

—Qué… moderno ‎‍‍‍‍‍‎ ‏‏‎‎—comentó finalmente, dejando que su voz se deslizara con esa ambigüedad elegante que usaba para disfrazar el juicio de observación.

No era una aprobación, tampoco una crítica abierta, sino una de esas frases cargadas de subtexto que buscaban incomodar con una sonrisa amable.

—Buenas tardes, señora Emilia. Gracias por la invitación‎‍‍‍‍‍‎ ‏‏‎‎—respondió Isabella, dejando escapar una sonrisa serena, cuidadosamente dibujada. Sus labios se curvaron con ese tipo de elegancia que no necesitaba alzar la voz para imponer respeto, proyectando una calma que no era pasividad, sino dominio absoluto de la situación—. ‎‍‍‍‍‍‎ ‏‏‎‎Hoy sentí que era el momento ideal para probar algo distinto. ¿No lo considera refrescante?

La suegra carraspeó, como si cada palabra dicha por Isabella hubiera sido un trago amargo que su garganta no estaba dispuesta a pasar por alto, sin embargo, optó por no continuar con el tema.

Con un leve giro de muñeca, indicó el camino y comenzó a andar con pasos medidos, llevando a Isabella hacia el gran salón. Allí, el murmullo de conversaciones se elevaba entre copas medio llenas y sonrisas perfectamente ensayadas. Los demás ya se encontraban en sus asientos, encajando como piezas pulidas en ese tablero social donde cada gesto tenía una intención.

En la mesa central, el hermano menor de Sebastián intercambiaba bromas que sonaban más a exhibiciones de estatus que a cualquier otra cosa, y el señor Leonardo hojeaba meticulosamente un informe financiero, concentrado en cifras que, en ese momento, le parecían más relevantes que cualquier presencia humana.

Isabella los saludó a todos con un apretón de manos firme, manteniendo contacto visual con cada uno y dibujando sonrisas medidas que no dejaban margen a interpretaciones. Notó que, si bien todos respondían, ninguno parecía interesado genuinamente en su presencia, como si ella formara parte del mobiliario de lujo que se agradece, pero no se valora.

Recordó con brutal claridad aquella cena en la misma mesa, cuando Alessia, fingiendo ser una simple empleada, se sentó a la derecha de Sebastián ocupando el lugar reservado para la esposa, mientras a Isabella le indicaban un asiento al final de la mesa, junto a desconocidos que la miraban con burla y cuchicheaban sin disimulo sobre cómo su marido la despreciaba en público.

Nadie dijo nada cuando a Isabella le sirvieron una copa vacía durante el brindis por "el primer mes de matrimonio". Sebastián, inexpresivo como una estatua, no se dignó a mirarla; solo alzó su copa hacia Alessia y brindaron.

Esa noche, hasta Emilia había bromeado con sorna sobre su vestido fuera de lugar, diciendo en voz alta que parecía una servilleta arrugada sacada de la cocina, justo cuando Isabella se levantaba para saludar a unos invitados.

Las risas fueron inmediatas, y nadie las detuvo. Sebastián ni siquiera volteó a mirarla.

"Ahí está la esposa despreciada", murmuró una mujer con tono venenoso, mientras su acompañante soltaba una carcajada.

"Ni su marido se acuerda de ella", agregó otro, mirando cómo Sebastián alzaba su copa hacia Alessia con una sonrisa cómplice.

Pero esta vez era diferente.

La nueva Isabella ya no era la mujer marginada al final de la mesa, ni la del vestido anticuado que su suegra ridiculizaba en voz alta, ni aquella a la que le servían una copa vacía durante el brindis mientras su esposo alzaba la suya hacia otra mujer.

Esta vez, había previsto cada detalle, empezando por la elección del vestido, hasta la hora precisa de su entrada, calculada para interrumpir conversaciones y obligar a todos a girar la cabeza.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esposa Despreciada.