Un grito ahogado brotó de su garganta, tan brutal y visceral que pareció desgarrarla desde lo más hondo, como si una fuerza invisible la estuviera arrancando, con violencia, del fondo de un pozo oscuro donde el alma se ahoga y el cuerpo se niega a seguir durmiendo.
—¡Ahhh! —El alarido desgarrador escapó de sus labios justo antes de que se incorporara de golpe en la cama, como si su cuerpo entero respondiera al impulso primitivo de huir, de defenderse, de romper la línea entre lo onírico y lo real.
Sudorosa, agitada, sus ojos recorrieron la habitación con el pánico todavía palpitando en las sienes, como si el eco de aquel sueño aún tuviera garras que la sujetaban.
Jadeaba, bañada en sudor, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando con violencia, como si hubiese huido corriendo de un infierno que acababa de soltarla. Cada bocanada de aire era una lucha, un intento desesperado por anclar su cuerpo a una realidad que aún no terminaba de reconocer.
El aire frío se estrelló contra sus pulmones con una violencia punzante, como si hubiese emergido de golpe de un lago helado tras una larga inmersión. Fue una sacudida brutal, una descarga que la arrancó de la bruma del sueño y la plantó de lleno en la cruda vigilia.
Su corazón golpeaba con una fuerza desmedida dentro del pecho, acelerado y errático, mientras un nudo espeso y asfixiante se le instalaba en la garganta, impidiéndole tomar aire con normalidad, como si el cuerpo se negara a olvidar lo que acababa de revivir.
La habitación reposaba en una penumbra apacible, bañada por la luz suave del amanecer que se colaba con delicadeza entre las cortinas semitransparentes, tiñendo las paredes con reflejos dorados y cálidos. Cada rincón parecía suspendido en un instante de calma, como si el tiempo se hubiera detenido brevemente para darle la bienvenida de vuelta.
El reloj antiguo sobre la mesa de noche, imperturbable, marcaba con precisión las 7:44 a. m., como si quisiera recordarle que estaba exactamente donde todo comenzó.
Todo estaba... igual.
Pero al mismo tiempo, tan extrañamente distinto.
No estaba en el hospital, no era una sala blanca, impersonal, cargada de desinfectante y tristeza.
Era su habitación, la del penthouse.
El mismo ventanal que tanto amaba, las mismas cortinas azul humo que ella misma había elegido, el mismo reloj antiguo sobre la cómoda, ese que Sebastián le había dicho una vez que pertenecía a su bisabuelo. Incluso la lámpara de pie con tulipas en forma de flor seguía en la esquina izquierda, esa que había reemplazado meses después por considerarla anticuada y demasiado romántica para el estilo que buscaba entonces. Verla ahí, intacta, como si el tiempo no hubiese avanzado ni un centímetro, le confirmó que había retrocedido mucho más que unas simples horas, estaba en un ayer que aún podía rehacerse.
Miró sus manos, luego recorrió con la vista sus brazos. Ambos estaban enteros, sin rastro de sangre, sin heridas, sin moretones ni marcas visibles. Eran como los recordaba, suaves, intactos, tan ajenos al horror vivido que por un momento dudó de si todo había sido real o una alucinación. Pero el temblor en sus dedos y la sensación de frío en la piel le confirmaban que no era un sueño, estaba viva, y su cuerpo lo sabía.
—¿Estoy... viva? —susurró, con la voz rota y entrecortada, como quien emerge de una tormenta emocional que lo ha dejado al borde del colapso.
Las palabras salieron cargadas de incredulidad y miedo, como si aún no se atreviera a creer en el milagro de seguir respirando tras haber cruzado un abismo del que, hasta ese momento, nadie parecía poder regresar entero.
Se incorporó de un salto, como si una corriente eléctrica la hubiese sacado de la cama sin darle tiempo a pensar. Sus pies descalzos tocaron el suelo de mármol, y el frío le recorrió las piernas como un latigazo, helándole los huesos, ese impacto físico, tan real y tangible, disipó cualquier duda que aún pudiera tener.
Estaba despierta, plenamente consciente, y lo que había vivido no era una ilusión, sino el eco de una verdad que aún ardía bajo su piel.
Y como si una fuerza invisible dictara sus movimientos, giró lentamente el rostro hacia el calendario colgado junto al espejo, ese mismo calendario de papel grueso con ilustraciones florales que había detestado tanto que, en otro tiempo, se apresuró a tirar a la basura. Allí estaba de nuevo, intacto, como si el destino se empeñara en recordarle que nada había sido eliminado del todo, como si todo estuviera listo para repetirse… o para cambiarse.
Sus ojos se abrieron como platos, y el corazón le dio un vuelco tan repentino que por un segundo perdió el aliento. La fecha marcada era clara, innegable, como una herida que volvía a sangrar.
Tres años atrás.
Exactamente un mes después de su boda con Sebastián.
No había error, estaba de regreso en ese punto en el que todo comenzó a torcerse.
—No puede ser... —murmuró con la voz hecha trizas, mientras un escalofrío le recorría la espalda y las piernas le flaqueaban, como si el suelo se desmoronara bajo sus pies. La certeza de lo imposible la golpeaba con tal fuerza que apenas podía sostenerse en pie.
Temblando, bajó lentamente las manos hasta su vientre, mientras en su interior se afianzaba la desgarradora conciencia de lo que implicaba haber regresado tres años atrás.
Cerró los ojos con fuerza, conteniendo la respiración, y esperó unos segundos interminables, aferrándose a una esperanza muda, pero no sintió nada, ni un leve movimiento, ni un indicio de vida.
No había vida.
No había latido.
No había bebé.
Corrió al baño, con los pies descalzos resonando sobre el mármol helado. Abrió el botiquín con manos temblorosas, revisando con desesperación cada compartimento, cada rincón, en busca de las pruebas de embarazo que aún no había comprado, aunque sabía perfectamente que no estarían allí.
Aun así, inspeccionó una y otra vez, movida por la necesidad irracional de confirmar lo que su cuerpo ya le gritaba sin piedad, como si encontrar algo fuera a cambiar la realidad que la golpeaba desde adentro.
Solo había silencio.
Un vacío brutal le comprimió el pecho, pesado y frío, como si alguien hubiera colocado una losa sobre su alma. No importaba cuánto intentara respirar, cada bocanada de aire chocaba contra ese peso invisible que parecía crecer con cada segundo.
El bebé no estaba.
Esa pequeña vida que había sentido crecer dentro de ella… aún no existía.
Se desplomó de rodillas en medio del baño, vencida por una fuerza más grande que ella, abrazándose el abdomen con desesperación, como si aquel gesto pudiera contener lo perdido, como si aún existiera una mínima posibilidad de revertir lo inevitable. El dolor, agudo y profundo, la atravesó sin clemencia, como una daga invisible que le partía el alma mientras la realidad la empujaba hacia una verdad que no quería aceptar.
Lloró sin contenerse, con una fuerza que nacía desde lo más profundo, como si el alma misma se desgarrara con cada sollozo.
Lloró por ese hijo que no había llegado a nacer, por la madre que no alcanzó a ser, por esa versión rota y silenciosa de sí misma que había soportado tanto sin decir una palabra.
Lloró por cada mentira que aceptó, por cada noche que la encontró sola en una cama compartida, por cada sonrisa que fingió mientras se rompía por dentro.
Su llanto no era solo dolor, era también desahogo, despedida, y quizá el primer paso hacia algo distinto.
Y sin embargo, mientras el llanto aún le sacudía el cuerpo, una idea comenzó a abrirse paso entre el caos de su dolor, abriéndose como una grieta por donde se colaba una chispa inesperada en medio de tanta oscuridad.

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