—No ahora, Sebastián —respondió ella en voz baja, sin siquiera mirarlo, como si el simple sonido de su nombre ya le resultara una molestia innecesaria.
Allí, ante la mirada escrutadora y hambrienta de escándalos de la alta sociedad, Sebastián e Isabella comenzaban un combate elegante y letal donde cada cruce de miradas era un disparo de hielo afilado.
—Sí ahora. Sobre tu comportamiento. Has convertido esto en un espectáculo —espetó Sebastián, con el ceño fruncido y los dientes apretados, mientras un temblor sutil le recorría los músculos del rostro, incapaz de contener la tensión que le hervía por dentro, esa mezcla de humillación, rabia y la impotencia de saber que ella lo enfrentaba sin pestañear, como si ya no le temiera en absoluto.
—He convertido esto en un momento rentable para la fundación. Todo el mundo habla de la generosidad de Sebastián Moretti, deberías agradecérmelo —replicó Isabella con sarcasmo, destilando una frialdad envuelta en terciopelo que parecía acariciar y cortar al mismo tiempo.
Sus ojos, dos brasas heladas, resplandecían con una calma feroz, esa clase de serenidad que no se quiebra, que más bien desarma al contrincante con el poder de lo inevitable.
Era la misma mirada con la que, en otro tiempo, habría suplicado, pero que ahora, tras tanto dolor acumulado, hablaba de una mujer que no solo había aprendido a resistir y sobrevivir, sino también a vencer.
Sebastián, vencido por la frustración, la sujetó del brazo con fuerza antes de ser consciente del gesto. Fue rápido, impulsivo, como si la tensión de toda la noche se hubiera canalizado en ese único contacto.
Isabella alzó una ceja, impasible, y clavó la vista en sus ojos grises con una indiferencia estudiada, como si lo estuviera reduciendo a un simple desconocido frente a ella. Sus labios se tensaron por un segundo, apenas perceptible, pero suficiente para dejar entrever la repulsa contenida que bullía bajo su piel perfectamente maquillada.
—No me desafíes, Isabella —susurró él, con la voz envenenada por una rabia que apenas lograba disimular.
—No te estoy desafiando. Tu problema no es mi comportamiento —replicó Isabella con voz baja pero firme, clavando la vista en sus ojos grises con una serenidad cortante, como si no solo no temiera su furia, sino que la considerara insignificante—. Tu problema es que no soportas no tener el control.
Sebastián frunció el ceño y su respiración se volvió más pesada, pero Isabella no retrocedió ni un milímetro, al contrario, se mantuvo erguida, inquebrantable, como si sus palabras fueran una muralla invisible que la protegía del veneno que él intentaba inocularle con cada mirada y cada apretón disimulado.
Dentro de ella, el corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por la euforia de saberse finalmente libre del temor que un día la mantuvo en silencio.
—Baja la voz —murmuró Sebastián entre dientes, inclinándose un poco más hacia ella mientras sus ojos recorrían con inquietud las mesas cercanas, notando cómo algunas cabezas se giraban con disimulo, hambrientas de drama—. ¿Quieres montar un espectáculo? ¿Qué van a pensar de nosotros, Isabella? ¿Que somos una tragedia en plena función de gala?
Isabella entrecerró los ojos, midiendo sus palabras con una precisión quirúrgica mientras sostenía la mirada desafiante de Sebastián. En su interior, cada fibra vibraba con el recuerdo de todas las veces que había callado para evitar un conflicto en su anterior vida, pero ahora, ese silencio se le antojaba una traición a sí misma.
Sabía que un paso en falso podía detonar un escándalo aún mayor del que ya habían provocado, sin embargo, también entendía que callar podía ser interpretado como un acto de sumisión, como una rendición que no estaba dispuesta a ofrecerle a él ni a nadie más.
Y eso, después de todo lo que había soportado, no era una opción.
—¿Qué esperas que piensen? ¿Que la esposa despreciada está rogando atención mientras su marido la ignora públicamente y se presenta con otra mujer como acompañante?
En su interior, Isabella sintió cómo se desvanecían los últimos vestigios de aquello que alguna vez idealizó como un matrimonio verdadero con el amor de su vida.
No quedaban ilusiones, ni anhelos, ni esa pequeña esperanza que por años había intentado rescatar. Lo único que permanecía era la certeza absoluta de que aquello había muerto el mismo día que ella murió.
Sebastián cerró la mandíbula con tanta fuerza que su cuello pareció tensarse entero y su mirada se endureció, buscando refugio en el orgullo que aún le quedaba. Estaba a punto de decir algo más, pero Isabella alzó una ceja, desafiándolo a seguir delante de la audiencia.
—¿Y qué esperabas que hiciera? —espetó en un murmullo áspero, apenas contenido por la compostura que intentaba fingir—. ¿Acompañarte como si nada? ¿Como si todo estuviera bien entre nosotros, cuando tú misma fuiste quien empezó esta guerra?
Isabella no parpadeó. Su expresión permanecía imperturbable, como tallada en hielo, aunque una leve sonrisa irónica se dibujó en la comisura de sus labios.
En el pasado, a pesar de todos sus intentos por mantener las apariencias, de ser una buena esposa y sostener lo poco que quedaba de su matrimonio, él igual había llegado con esa mujer del brazo y fue ella quien terminó humillada ante todos.
Ahora, en un giro exquisito del destino, eran ellos los que cargaban con el peso del escarnio público, mientras ella se mantenía firme, erguida y serena, como si cada cuchicheo a su alrededor fuera un eco que reafirmaba su victoria.
—Lo que pasa entre nosotros podría haberse manejado en privado, Sebastián. Pero fuiste tú quien eligió la exposición. Tú fuiste quien llegó del brazo de tu amante. No juegues ahora al esposo ofendido —soltó Isabella con una calma imperturbable, aunque por dentro le ardía el recuerdo de cada vez que fue invisibilizada.
Lo miró con una mezcla de compasión y desdén, clavando los ojos en los suyos sin titubear, mientras una oleada de liberación recorría su pecho al poner en palabras todo aquello que había callado por tanto tiempo.
Sentía que no solo lo enfrentaba a él, sino a todos los fantasmas del pasado que alguna vez la hicieron sentir pequeña.
—Alessia no es mi amante. Estás cruzando límites —masculló él con los labios apretados, los ojos inyectados en furia que apenas podía contener, como si cada palabra le costara mantenerla bajo control. El ceño fruncido, los pómulos tensos y una vena palpitante en la sien delataban que estaba al borde de perder la compostura—. Lo que hiciste esta noche… fue imperdonable —agregó, con un tono más grave, incapaz de ocultar la humillación que le ardía bajo la piel.
En el fondo, lo que más lo envenenaba era que, por primera vez, no tenía el control. Isabella le había dado la vuelta al tablero frente a todos, y él era ahora quien cargaba con el peso del ridículo.
—No, Sebastián. Lo imperdonable fue no darme mi lugar como la Sra. Moretti. Lo imperdonable es que tu amante haya gastado once millones de nuestra empresa como si fuera su chequera. Lo imperdonable es que por ella vas a gastar una fortuna, cuando en tu propia esposa no has gastado ni un mísero centavo sino en los vestidos y accesorios de mal gusto que son escogidos por esa mujer.

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