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Esposa Despreciada. romance Capítulo 42

La reacción fue instantánea para Isabella, como un latigazo suave de electricidad recorriéndole la espalda. Un calor inesperado le trepó por la columna, similar al roce de una llama tibia que no quema, pero deja marca.

Las palabras de Gabriel, tan precisas como oportunas, no habían sido simplemente una intervención cortés, fueron más bien como una caricia invisible, un salvavidas lanzado justo antes de que se hundiera.

Isabella alzó la mirada casi sin pensar, como quien busca un faro en la niebla. Sus ojos tropezaron con los de él, azul como el océano, entre el murmullo del salón y, en ese segundo exacto, todo lo demás pareció desvanecerse.

Las voces, las risas forzadas, los cuchicheos disfrazados de cortesía… todo se volvió un eco lejano.

En ese instante, Isabella se dijo a sí misma que debía mantener la compostura, que no podía permitir que nadie, ni siquiera él, viera el estremecimiento que acababa de atravesarla.

"Estás bien", se repitió mentalmente, como una oración que se aferra a la esperanza.

Era como si el Gabriel que acababa de intervenir hubiese tocado una fibra que tenía años dormida.

"No sientas nada, no lo pienses tanto… solo respira", se obligó, aunque sabía que ya era tarde para mantenerse intacta.

En contraste, Sebastián sintió el estómago revolverse, como si el veneno de la humillación comenzara a hacer efecto. Apretó la mandíbula con una fuerza contenida, tan tensa que los músculos del cuello se delinearon bajo su piel.

Sus labios temblaron levemente, como si intentara armar una réplica, pero su lengua, traicionera, se negó a seguirle el ritmo.

Estaba atrapado entre el impulso de responder con violencia y el temor de provocar un escándalo que ya se le escapaba de las manos. Su rostro, cada vez más rojo, no reflejaba solo ira, sino también el eco de una derrota inesperada donde perdía más que su orgullo.

Fue entonces cuando Alessia apareció, como una aparición calculada al milímetro. Sus tacones resonaron en el mármol, marcando cada paso con la urgencia de una actriz que entra en escena para recuperar el control del guion.

A Isabella no le pasó desapercibido, más bien le pareció una jugada inteligente, una forma hábil de retomar el control que se le había escurrido de las manos minutos antes. Y qué mejor forma de lograrlo que quedando como la heroína de Sebastián ante sus ojos.

Estaba segura de que él, con su ego magullado, terminaría agradeciéndoselo.

Se deslizó entre los invitados como una sombra elegante hasta alcanzar a Sebastián, a quien sujetó del brazo con un gesto cuidadosamente ensayado. Su mano se aferró a él con una mezcla de falsa ternura y dominio encubierto, como si intentara rescatarlo del abismo sin permitirle decidir si quería salir de él.

—Vamos, Sebastián… no vale la pena armar un escándalo —murmuró, en un tono que pretendía ser reconfortante pero que a Isabella le supo a veneno recubierto de miel.

La mirada de Isabella la atravesó con una mezcla evidente de superioridad y desprecio, como si quisiera recordarle quién creía tener el control, sin necesidad de decir una sola palabra.

Ambos se alejaron en direcciones opuestas, como si una fuerza invisible los hubiera empujado hacia extremos distintos del tablero.

Alessia tiraba de Sebastián con sutileza, guiándolo hacia la mesa de los Moretti, mientras él lanzaba una última mirada desconcertada a Isabella. No puso resistencia, más bien se dejó guiar, como si en el fondo supiera que si se quedaba un segundo más, terminaría estampando su puño en el rostro de Gabriel por meterse en lo que no le incumbía.

Pero lo cierto era que no se trataba solo de rabia.

Eso era lo que él creía.

Lo que no alcanzaba a reconocer, o no quería, era que por primera vez en mucho tiempo, estaba comenzando a celar a Isabella. Y eso solo significaba una cosa, que ella empezaba a importarle.

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