Entrar Via

Esposa Despreciada. romance Capítulo 40

Alessia sonrió satisfecha, convencida por un instante de haber salido victoriosa ante los ojos de todos, pero ese orgullo se quebró apenas desvió la mirada hacia Sebastián.

Esperaba encontrar un destello de aprobación, un gesto cómplice o siquiera una mirada que validara su impulso, pero en su lugar, se topó con un muro de hielo, como si el alma se le hubiera escapado por un segundo.

Sebastián se mantenía inmóvil, rígido como una estatua esculpida en piedra, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en el vacío. Sus nudillos, blancos por la presión que ejercía sobre el mantel, parecían al borde de estallar, como si apenas un roce más bastara para que toda la contención se viniera abajo.

Alessia, que había buscado su mirada en busca de seguridad, sintió cómo un frío invisible le recorría la columna vertebral, despertando la amarga sospecha de que, quizás, había ido demasiado lejos.

—Sebastián, yo... —atinó a decir ella, con la voz apenas más fuerte que un susurro, buscando algún puente entre ellos.

—Cállate —espetó él sin mirarla, cada letra pronunciada con una dureza que la golpeó como una bofetada invisible.

La palabra, corta y brutal, la dejó sin aire por un segundo, sus labios se entreabrieron, pero no salió nada más. El rubor en sus mejillas se desvaneció, sustituido por una palidez súbita, bajó la mirada, tratando de recomponerse, pero era demasiado tarde. Las miradas de quienes estaban cerca no perdonaban, ni mucho menos olvidaban.

Gabriel se inclinó lentamente hacia Isabella, cuidando con esmero que su voz no interrumpiera la intimidad vibrante que se había formado entre ellos, como una cuerda tensa suspendida entre miradas no dichas y silencios cómplices.

Cada vez que ella hablaba o actuaba, le parecía descubrir una capa nueva de un enigma que no hacía más que atraerlo más.

—¿Sabe? Realmente no deja de sorprenderme —murmuró Gabriel, y en sus ojos se encendieron destellos de asombro y un deleite contenido que solo se intensificaban cuanto más la observaba—. Eso fue diabólico —agregó, permitiéndose una breve exhalación que delataba la mezcla de admiración y creciente fascinación que Isabella despertaba en él.

Su mirada no se apartó ni un segundo del rostro de ella, como si temiera perderse un gesto, una inflexión, algo que le revelara más de esa mente afilada que tanto le intrigaba.

—Audaz, preferiría —replicó Isabella, sin apartar la vista de Alessia, quien apenas comenzaba a comprender la magnitud de la cifra que acababa de pronunciar.

Era como si la realidad entera se le derrumbara sobre los hombros de repente, un peso invisible que no solo oprimía su pecho, sino que le helaba la sangre con la misma rapidez con la que comprendía la magnitud de su error. Cada número resonaba como un eco doloroso en su mente, marcando no solo una cifra exorbitante, sino una cadena de consecuencias que no estaba preparada para asumir.

—Audaz y diabólico —concedió él, permitiéndose una sonrisa cargada de genuina fascinación mientras su mirada seguía fija en el rostro de Isabella, incapaz de disimular el asombro que aquella mujer provocaba en él—. ¿Sabe cuántos ceros son once millones cuando su patrocinador cree que pujaba solo para practicar? —agregó pensando en lo magistral del movimiento que acababa de presenciar, uno que habría descolocado al más frío de los estrategas.

—Lo sabrá en unos segundos —afirmó Isabella con una serenidad afilada. Levantó la copa y brindó con elegancia en dirección a la mesa de Sebastián Moretti, como si celebrara una caída cuidadosamente orquestada.

Alessia apretaba la paleta con una fuerza desesperada, como si aquel pequeño objeto de madera fuera un salvavidas al que pudiera aferrarse para no hundirse en la humillación que se le venía encima.

Su rubor, lejos de atenuarse, se intensificaba con cada segundo, subiendo por su cuello hasta sus mejillas, como un fuego que delataba la marea de vergüenza que le crecía por dentro, una marea implacable que amenazaba con arrastrarla a lo más profundo de la vergüenza social.

Sus ojos, enormes y perdidos, recorrían frenéticamente el rostro impasible del subastador, luego se deslizaban hacia el bloc de notas donde la asistente de gala anotaba con diligencia cada adquisición, como si esperara encontrar allí una solución, una salida, algo que la salvara de la realidad.

Un voluntario apareció entonces junto a ella con la carpeta de pago y una estilográfica de oro, el gesto amable, pero el acto era más una sentencia que una cortesía.

Ella balbuceó algo, un intento de explicación que no alcanzó a tomar forma, sus labios se movieron sin producir un sonido coherente, y su garganta parecía haberse secado de golpe.

En ese instante, Sebastián, cuya expresión era un presagio de tempestad, se inclinó hacia ella. Tenía los labios tan tensos como una cuerda a punto de romperse, los músculos del rostro rígidos por la furia contenida. Le murmuró una reprimenda, apenas audible, pero la carga emocional en su voz era tal que, aunque no se distinguieran claramente las palabras, cada sílaba era un latigazo de enojo que la atravesaba.

Las líneas marcadas de su rostro no dejaban lugar a dudas, una tormenta privada, feroz y devastadora, se avecinaba, y ella, con la respiración entrecortada, empezaba a comprender que no había lugar donde esconderse del desastre que se había ganado por orgullo.

Los socialités presentes no disimulaban su atención. Las copas de champagne se detenían a medio camino, los murmullos se propagaban como una brisa inquieta y los comentarios venenosos comenzaban a deslizarse con la sutileza de cuchillas entre las mesas.

—Así que la esposa oficial va del brazo del temido León —comentó un barón belga, alzando ligeramente una ceja mientras su tono rebosaba cinismo—, y el señor Moretti paga el millonario capricho de la querida. Interesante reparto de roles.

—Interesante… y humillante —añadió una condesa con una sonrisa filosa—. Él solía tener mejor gusto.

—Mire usted nada más —susurró un conde español, sin molestarse en disimular su fascinación—. Isabella Deveraux es la encarnación del poder envuelto en seda. Cualquiera se arrodillaría ante una mujer así.

—Qué forma de humillar a la amante de su esposo —añadió otra dama de la aristocracia parisina, su copa de champagne en equilibrio perfecto entre dos dedos—. Si yo fuera ella, enmarcaría esta noche. Porque ha enterrado viva a esa pobre Alessia, y con flores.

—Y qué bien acompañada está por Gabriel León... —susurró otra, fascinada—. Ese hombre tan atractivo como temido. Y sin embargo, tan cerca de Isabella que uno se pregunta si acaso...

—Mientras tanto, la amante oficial del señor Moretti queda como una niña mimada con presupuesto prestado —sentenció otra, sin un gramo de compasión—. Qué ridículo.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esposa Despreciada.