El reloj marcaba las diez en punto cuando Isabella Moretti Deveraux cruzó por segunda vez el umbral de Lyon Group.
La determinación le latía en los talones, se reflejaba en la espalda erguida y en la precisión con la que cada tacón acariciaba el mármol del vestíbulo principal.
Su silueta, esculpida con la elegancia de quien conoce su valor, cortó el aire del lobby como un bisturí de autoridad. Vestía un conjunto de dos piezas azul medianoche, cuya tela brillaba con una sobriedad majestuosa bajo la luz cenital. Los botones dorados relucían como medallas silenciosas, y el contraste con su piel clara convertía su presencia en un cuadro de óleo viviente, imponente y sereno a la vez.
No necesitaba hablar para ser oída, su simple andar arrancaba respeto, mientras que sus ojos, esos ojos de mujer que ha resucitado de sus propias ruinas, hablaban por ella con una elocuencia que solo el sufrimiento logra transformar en poder.
Los empleados que se cruzaban en su camino se detenían por instinto. Algunos bajaban la mirada, otros fingían revisar papeles o ajustar sus relojes, sin embargo, todos sentían que algo importante se movía en ese instante por el edificio.v
Isabella caminaba como si el futuro le perteneciera, como si cada paso la acercara a un objetivo inamovible que solo ella conocía con claridad.v
Y quizás así era.
Quizás esa mujer no solo sabía a dónde iba, sino que también tenía absoluta certeza de qué deseaba destruir y, más aún, qué anhelaba reconstruir.
En el piso superior, Gabriel León seguía de pie frente a los ventanales. Tenía el ceño aún arrugado por las secuelas de la reunión con el consejo directivo, mientras las voces de sus socios continuaban resonando como zumbidos molestos en su cabeza.
Defender la inclusión de Isabella Moretti en el rescate de West Palace Hotels era una osadía a ojos de muchos, pero él había apostado, y lo había hecho con fuerza.
No por debilidad, sino porque había leído esa propuesta hasta dejarle marcas en los dedos, repasando cada palabra con una atención casi obsesiva. Cada línea llevaba la huella de una mente aguda, ambiciosa y casi peligrosa, una inteligencia que se imponía sin pedir permiso.
Aunque había buscado errores con lupa, no encontró grietas, en su lugar, descubrió una visión tan clara que lo sacudió desde dentro, obligándolo a reconsiderar sus propios límites.
Mientras observaba el cielo gris tras los cristales, con los hombros tensos y el pensamiento dividido, se preguntaba si esa mujer sería su mejor decisión o, por el contrario, la caída más elegante que su carrera hubiera conocido.
La puerta se abrió sin previo aviso, cortando el silencio con una elegancia violenta que parecía anticipar un cambio de rumbo.
Isabella entró sin esperar invitación, porque no era necesaria, ella sabía que la estaba esperando. En ese espacio ya no existía el protocolo, sino una tensión latente, un pulso contenido entre dos fuerzas en movimiento que sabían que algo estaba a punto de redefinirse.
—Sr. León. —saludó ella con voz suave pero firme, como quien domina la melodía de un discurso sin necesidad de elevar el tono.
Sus palabras, aunque breves, se deslizaron con una seguridad que hizo eco en la sala, y su mirada se mantuvo fija en él, como si midiera no solo su reacción, sino también su resistencia.
—Señora Moretti. —respondió él, girando lentamente con una sonrisa que apenas rozó sus labios, aunque vibró sutilmente en el tono de su voz. —Puntualidad admirable, casi tanto como su persistencia.
Sus ojos la recorrieron con disimulo, como si intentara descifrar la arquitectura de su temple.
Internamente, Gabriel sintió una punzada entre la curiosidad y la inquietud, como si algo en la presencia de Isabella le hiciera recordar que los terrenos más atractivos también podían esconder minas invisibles.
Aun así, se obligó a sostener el tono sereno, aunque una parte de él ya sabía que ese encuentro sería todo, menos rutinario.
—No suelo jugar si no tengo piezas fuertes sobre la mesa. —replicó ella, tomando asiento con una tranquilidad que era puro veneno para quien esperara encontrar nerviosismo en su rostro.
Se acomodó con naturalidad, cruzando las piernas y dejando que sus dedos rozaran el borde del respaldo con delicadeza.
Sentía la mirada de Gabriel como una presión medida, pero lejos de incomodarla, la reafirmaba.
Para Isabella, estar sentada allí no era un privilegio, era una conquista más.
Gabriel la imitó, sentándose con la misma fluidez con la que un estratega mueve la torre en el ajedrez. Sobre la mesa, la carpeta que ella había entregado el día anterior reposaba abierta, marcada y subrayada.
Había algo magnético en todo aquello, peligroso, sí, pero también inevitable.

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