Por un instante, el aire pareció estancarse, y Gabriel, sin apartar la mirada, sintió el peso de esa pregunta colarse bajo su piel, no por la duda, sino por lo que implicaba.
Aun así, no titubeó, mantuvo la compostura, aunque en su interior sabía que no solo estaba defendiendo una propuesta... sino a la mujer que la había redactado letra por letra.
—Le creo a los números. Y estos números no mienten —la seguridad con la que pronunció esas palabras bastó para imponer un nuevo silencio en la sala, uno que no venía de la prudencia, sino del reconocimiento implícito de que no había argumento inmediato que los contradijera.
Por dentro, sin embargo, Gabriel sentía una punzada distinta, sabía que no solo había apostado por una estrategia, sino también por una intuición difícil de explicar.
Había algo en Isabella Moretti que escapaba a las fórmulas tradicionales y, aunque no lo dijera en voz alta, una parte de él quería comprobar si su audacia era tan sólida como sus cifras.
Nadie se atrevió a contradecirlo de forma abierta, aunque los cruces de miradas entre los presentes hablaban por sí solos, un escepticismo latente recorría la sala, acompañado de una incomodidad más profunda, casi visceral, provocada por la sola idea de que una mujer, y peor aún, una Moretti, irrumpiera en ese círculo cerrado de poder al que durante años solo habían tenido acceso ciertos apellidos, ciertos rostros, ciertas formas de pensar.
Gabriel percibió esa resistencia con claridad, como un muro invisible que los rodeaba a todos, y una chispa inesperada se encendió dentro de él, una mezcla de desafío e instinto competitivo que lo impulsaba a querer derribar cada prejuicio con la sola fuerza de una idea disruptiva. Era como si, por primera vez en mucho tiempo, se sintiera tentado no solo a ganar una discusión, sino a transformar el tablero entero.
"¿Por qué estoy defendiendo a una mujer que apenas conozco?", se preguntó justo cuando la reunión comenzaba a disolverse.
—Propongo una votación preliminar —dijo Gabriel, recorriendo con la mirada cada rostro con una mezcla de autoridad y desafío—. Quiero saber quiénes están dispuestos a evaluar seriamente la inclusión de la señora Moretti en el proyecto.
A medida que su voz se desvanecía en el aire tenso de la sala, Gabriel se recostó una vez más en su asiento, sin apartar la vista de los miembros del consejo.
Cada rostro, cada gesto, era una lectura silenciosa de resistencia, de orgullo herido o de simple incertidumbre. Sin embargo, él no buscaba una respuesta inmediata; quería observar la incomodidad, medir el impacto de su propuesta y comprobar hasta qué punto Isabella ya había empezado a alterar el equilibrio del lugar.
El silencio se prolongó, cargado de una tensión que parecía pesar en el aire. Leclerc soltó un bufido y cruzó los brazos con fuerza, dejando clara su oposición sin necesidad de palabras. Fue entonces cuando otro miembro del consejo, el joven Delacroix, se inclinó ligeramente hacia adelante y tomó la palabra con una mesura que contrastaba con la rigidez del ambiente.
—Si los números son tan sólidos como usted asegura, señor León, no veo por qué no deberíamos analizarlo con objetividad. West Palace necesita algo disruptivo, y tal vez ella lo sea. —Al pronunciar esas palabras, Delacroix bajó lentamente la mirada hacia el informe, como si buscara en las cifras una confirmación de su propia apertura.
Gabriel lo observó con atención, reconociendo en ese gesto la primera grieta en el muro de resistencia del consejo. Aquel joven, aunque aún inexperto en algunos aspectos, tenía la capacidad de percibir lo que los más veteranos ignoraban, que las verdaderas transformaciones no venían envueltas en familiaridad, sino en riesgo.
Y mientras los demás intercambiaban miradas silenciosas, evaluando si apoyar o resistirse, Gabriel sintió una tensión soterrada crecer en la sala. Tal vez acababan de dar el primer paso hacia un nuevo orden, aunque aún nadie lo supiera con certeza.
—Yo aún tengo dudas —intervino el más conservador, Marten—. No sobre el contenido, sino sobre la intención. ¿Qué busca ella con esto? ¿Fama? ¿Acceso a nuestras decisiones? —Su mirada se desvió por un instante hacia el techo, como si intentara encontrar allí una respuesta que lo convenciera de no votar en contra. Luego, bajó la vista con lentitud, fijándola en Gabriel, esperando algún gesto de vacilación, pero lo que encontró fue una quietud calculada.
En el fondo, incluso Marten parecía luchar con la incomodidad de que sus prejuicios tal vez ya no fueran suficientes para sostener su postura.
Gabriel lo observó fijamente.
—Tal vez lo mismo que cualquiera de nosotros cuando presentó una idea valiente, un lugar legítimo en la mesa. —La frase, aunque dicha con serenidad, dejó flotando una verdad incómoda que se incrustó en el aire como una astilla.
Algunos miembros del consejo evitaron mirar directamente a Gabriel, otros fruncieron el ceño con disimulada incomodidad, y uno que otro apretó los labios como conteniendo una respuesta que ya no tenía peso frente a lo evidente.
Gabriel sostuvo la mirada de Marten unos segundos más, y aunque su rostro permanecía inmutable, por dentro sabía que acababa de marcar un punto de inflexión.

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