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Esposa Despreciada. romance Capítulo 26

Afuera, la ciudad seguía su ritmo acelerado, pero allí dentro, el tiempo parecía ralentizarse, atrapado en la tensión sutil que aún vibraba en el ambiente tras la firma del contrato.

Isabella no se había movido de su lugar y Gabriel, por su parte, permanecía de pie, con la mirada fija en un punto indefinido, como si aún intentara procesar todo lo que acababa de ocurrir.

Y fue en medio de ese nuevo silencio, cargado de significados, cuando Gabriel rompió la distancia con una pregunta que no parecía tener solo fines estratégicos.

—¿Siempre es así de osada, señora Moretti? —preguntó Gabriel, sin moverse un centímetro. Su voz, baja pero firme, llevaba un matiz más íntimo de lo que habría querido admitir, como si lo que acababa de presenciar lo hubiese desarmado un poco por dentro.

Observó a Isabella con detenimiento, intentando leer entre líneas, como si la osadía que admiraba también lo empujara a preguntarse cuánto de ella podría soportar.

Por dentro, sintió una punzada de desconcierto, porque no estaba seguro de si la admiraba, la desafiaba… o ambas cosas a la vez.

—¿Y usted siempre lanza advertencias disfrazadas de cumplidos? —replicó ella, arqueando una ceja con ironía medida.

Mientras dejaba caer la pregunta, su tono no perdió elegancia, pero sí añadió una chispa de provocación que encendió el aire entre ambos.

Isabella mantenía la postura recta, aunque por dentro disfrutaba el juego sutil de poder que se desarrollaba bajo la superficie de cada frase. Sentía cómo sus palabras le devolvían el control de la escena, como si cada respuesta fuera una estocada cubierta de terciopelo.

Gabriel soltó una risa breve, genuina. Al verla de pie frente a él, supo que por primera vez en mucho tiempo había perdido el control sin perder el poder, y eso lo desconcertaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Me gusta saber con quién trato. Y hasta ahora, usted ha demostrado ser mucho más que un apellido problemático. —su voz dejó entrever una mezcla de respeto y una curiosidad contenida que comenzaba a abrirle grietas en la armadura.

Gabriel mantuvo la mirada fija en ella, reconociendo que, más allá de cualquier prejuicio, estaba frente a una mujer que desafiaba todas sus ideas preconcebidas.

Por dentro, algo le decía que esto ya no se trataba solo de negocios, sino de una conexión impredecible que le exigía estar más alerta que nunca.

—Tal vez porque no vine a jugar con apellidos —respondió Isabella, cerrando el contrato con firmeza—. Vine a hacer negocios.

Aquel gesto al cerrar el contrato no fue solo simbólico, fue la confirmación de que ya no estaba dispuesta a ser definida por su linaje, ni por el peso de un apellido que otros habían usado como límite.

En ese instante, Isabella no era una Moretti, era la autora de su propio destino, y lo dejaba estampado sobre la mesa como una firma imposible de borrar.

—O tal vez a recordarme que hay quienes, incluso tropezando en un pasillo, logran impresionar mucho antes de presentarse como socias. Y cuando entran por esa puerta, ya no sorprenden… simplemente confirman lo inevitable —murmuró él, ladeando la cabeza con una sonrisa sesgada, en la que se mezclaban ironía y una fascinación que ya no se molestaba en disimular, mientras sus ojos azul como el océano seguían fijos en ella con la misma intensidad con la que se graba una escena imposible de olvidar.

Isabella ladeó ligeramente el rostro, sorprendida por la dirección inesperada que había tomado el comentario de Gabriel. Por un instante, su expresión se suavizó, como si algo en su interior se tambaleara apenas.

No se imaginaba que un hombre en posición de poder usara ese tipo de lenguaje con ella, y mucho menos que lo hiciera con tanta naturalidad, como si sus palabras fueran más confesión que estrategia.

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