La noche, que para muchos era sinónimo de descanso, para Gabriel León representaba el escenario perfecto para pensar con claridad. El silencio de su despacho lo envolvía con una calma que no solo despejaba el ambiente, sino que también le permitía poner en orden cada una de sus ideas con mayor claridad y precisión.
Sobre el escritorio reposaban los documentos que Isabella Moretti Deveraux le había dejado.
Ya los había leído al menos un par de veces, pero ahora los examinaba con la atención quirúrgica de quien busca grietas donde no deberían existir. Cada gráfico, proyección y párrafo estaba meticulosamente elaborado; no había errores ni exageraciones.
Era una propuesta sólida, ambiciosa y estratégicamente brillante, lo cual le generaba una irritación mayor de la que estaba dispuesto a admitir.
Apoyó los codos sobre la mesa y se frotó la frente con ambas manos. No era el tipo de hombre que se dejaba impresionar con facilidad, mucho menos por mujeres vinculadas al mundo de sus enemigos, sin embargo, Isabella no se parecía a ninguna de las ejecutivas que había enfrentado antes.
Poseía algo que descolocaba, que se infiltraba bajo la piel sin pedir permiso. Su seguridad no era arrogante, sino desafiante; su mirada no suplicaba, retaba; y su voz, mezcla de calma templada y fuego contenido, lo había seguido incluso después de que ella saliera por la puerta de su oficina.
Gabriel cerró la carpeta y permaneció inmóvil por unos segundos, como si el simple hecho de no verla lo obligara a procesarla mejor.
La recordaba tal como había entrado, elegante, decidida, impecable, y con un halo de autoridad que parecía envolverla desde el primer paso. Aún podía evocar el rastro sutil de su perfume, ese aroma cálido y dulce que se había instalado en el aire como si reclamara un espacio propio.
Incluso Emilio, que rara vez daba opiniones, había comentado tras la reunión:
"No sé quién sea esa mujer, pero tiene más presencia y visión que la mitad del consejo junto".
Ese era el problema, Isabella no solo había presentado una propuesta brillante, sino que también había dejado una impresión, y eso era peligroso, no tanto para la empresa, sino para él. Involucrarse con la esposa de Sebastián Moretti podía parecer una jugada estratégica en contra de su archienemigo, pero también era una línea que no había querido cruzar desde la universidad.
Se levantó y caminó lentamente hacia el ventanal, con la mirada perdida en el horizonte urbano que se desplegaba frente a él. Las luces de París titilaban a lo lejos, no solo como parte del paisaje nocturno, sino como un reflejo exacto del torbellino de pensamientos que comenzaban a invadirle, desordenados, insistentes, como un enjambre de ideas que no le daban tregua ni claridad.
¿Aceptar una alianza con Isabella Moretti era un movimiento inteligente o simplemente un tardío acto de venganza disfrazado?
Porque si lo analizaba fríamente, no habría golpe más certero para Sebastián que ver triunfar a su esposa donde él había fracasado, pero entonces se preguntaba si eso era realmente lo que deseaba... ¿o había algo más?
"¿Desde cuándo una propuesta venía con perfume a desafíos?"
...
A la mañana siguiente, la sala de reuniones de Lyon Group estaba ocupada por los doce miembros del Consejo Directivo, todos hombres enfundados en trajes oscuros y unidos por una misma expresión, una mirada que destilaba ambición mezclada con esa desconfianza crónica que solo los años de poder consolidado podían cultivar.
Gabriel, sentado en la cabecera, mantenía esa apariencia impecable que lo caracterizaba, con el porte pulcro, la serenidad contenida y una presencia que imponía sin necesidad de levantar la voz, como si cada fibra de su cuerpo proyectara una amenaza sutil pero ineludible.
—Tengo una propuesta que consideraré incluir en la recuperación de West Palace Hotels —anunció sin rodeos, mientras colocaba con deliberada lentitud una copia del informe de Isabella sobre la mesa central, como si ese gesto en sí mismo fuera una declaración de intenciones.

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