Isabella sostuvo la mirada de Sebastián con una quietud que incomodaba, como si hubiera calculado de antemano cada reacción, cada respiración contenida.
Un silencio denso se extendió por la sala como una niebla que ahoga cualquier intento de reacción. Incluso el ventilador del proyector, que zumbaba con monotonía, pareció ralentizar su ritmo, como si también necesitara escuchar lo que acababa de ocurrir.
Leonardo, con su habitual mirada aguda, levantó una ceja, más por intriga que por desaprobación, mientras su pluma quedaba suspendida sobre un informe a medio leer.
Giacomo, por su parte, ladeó la cabeza con interés y dejó escapar una sonrisa torcida, de esas que usaba cuando el caos ajeno se volvía su entretenimiento privado.
Frente a ellos, Alessia aparentó no haberse inmutado, aunque sus dedos, antes relajados sobre el bloc de notas, tensaron con fuerza la lapicera, dejando una leve marca en el papel, como si intentara drenar la incomodidad a través de la tinta.
—Por supuesto —intervino ella, esbozando una sonrisa compuesta, de esas que parecen sacadas de una vitrina de gestos cuidadosamente practicados—. Cuantos más ojos en las decisiones, mejor para todos.
Mientras hablaba, sus dedos acariciaban con sutileza el borde del bloc de notas, como si cada palabra necesitara apoyo táctil para mantenerse firme. Su mirada recorrió la mesa con lentitud medida, deteniéndose apenas un segundo en Sebastián, buscando confirmar que su comentario sumaba puntos en su imagen de colaboradora estratégica. Luego, sus ojos se deslizaron hasta Isabella, quien ya la observaba con una expresión imperturbable, como si descifrar los motivos detrás de aquella frase fuera un juego demasiado sencillo para merecer atención real.
Isabella caminó con paso firme hacia la única silla vacía, justo frente a Alessia. Se sentó con elegancia, cruzó las piernas con naturalidad, abrió su libreta y repasó con la mirada a cada miembro de la mesa como si ya conociera todas sus debilidades.
El proyector, en un zumbido constante que parecía subrayar la tensión en la sala, proyectaba ahora una nueva diapositiva sobre la pared blanca con bordes de nogal pulido:
“Comité de Inversiones y Control Interno – Agenda 25”.
Las letras se delineaban con precisión quirúrgica en un fondo azul sobrio, casi frío, como si el diseño gráfico hubiera sido escogido para imponer orden y formalidad. El cambio de lámina no solo marcaba el siguiente punto del día, sino que parecía anunciar el inicio de una partida donde cada palabra contaría, cada gesto sería analizado, y cada silencio interpretado con la precisión de un bisturí corporativo.
Sebastián retomó la palabra, y aunque intentó sonar sereno, un temblor sutil traicionó la tensión en sus manos.
—Bueno. Como estaba explicando antes —dijo Sebastián, aclarándose la garganta con una leve carraspera—, el punto principal de hoy es el análisis del Fondo FinCorp C-Series, una de las iniciativas más ambiciosas que estamos evaluando en este trimestre. Este vehículo de inversión está diseñado para optimizar y diversificar la liquidez de la compañía a través de activos de renta fija corporativa, específicamente en mercados emergentes de América Latina, donde hemos identificado márgenes de rentabilidad atractivos y una oportunidad estratégica de expansión.
Mientras hablaba, hizo un leve gesto con la mano, como si acompañara el flujo de su exposición con el ritmo de sus dedos. Pausó por un instante, tomó aire, y luego giró lentamente el rostro hacia su derecha, donde Alessia ya había empezado a acomodarse en la silla con cierta expectación en la mirada.
—El comité de análisis, liderado por… —volvió a decir, esta vez con un tono más pausado, dejando que el silencio marcara el peso de la siguiente frase— Alessia Bertone, será quien nos presentará a continuación las métricas de riesgo, así como una propuesta integral de reorganización estructural para fortalecer esta área específica dentro de la dirección financiera.
Alessia se levantó con un movimiento ensayado que destilaba elegancia medida. Su atuendo blanco acentuaba una imagen de pureza calculada, como si cada hilo de tela hubiera sido escogido para proyectar una versión angelical de sí misma.
Con pasos firmes y una sonrisa leve que apenas rozaba sus labios, caminó hacia la pantalla mientras sus tacones resonaban con eco contenido sobre el piso laminado, marcando su presencia sin necesidad de palabras. Una vez allí, alzó la mano con precisión para activar el mando a distancia y proyectar la primera diapositiva, donde se leía en letras sobrias:
“FinCorp C-Series – Perfil de Riesgo”.

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