Sin previo aviso, dos colmillos afilados se hundieron en la piel de Sinai, y la bestia comenzó a beber de ella. El dolor la atravesó como un latigazo, arrancándole un siseo involuntario.
A diferencia de Daemonikai en su sano juicio, la bestia no la adormeció con el elixir que mitigaría la incomodidad. Simplemente tomaba, una y otra vez, sin tregua.
El corazón de Sinai latía con fuerza, bombeando sangre a un ritmo frenético para saciar el hambre insaciable de la criatura. Esa era la diferencia clave entre un anfitrión de sangre y cualquier otro portador: su cuerpo generaba un flujo interminable, suficiente para alimentar a su maestro sin importar cuán voraz fuera su apetito.
Mientras la bestia se nutría, feromonas embriagadoras envolvieron a Sinai, y una oleada de placer comenzó a propagarse por su cuerpo. El ardor de la lujuria se encendió en su interior, creciendo con cada sorbo.
Incluso después de dos milenios, jamás se había acostumbrado a esa sensación. Sabía que nunca lo haría.
Era demasiado intensa, demasiado adictiva, y a veces, el clímax que alcanzaba mientras alimentaba a su macho superaba cualquier placer carnal.
-Sí... sí, mi querido -jadeó, mientras sus caderas se movían involuntariamente, buscando más fricción contra la criatura.
Con manos temblorosas, levantó el vestido y deslizó los dedos hasta su centro palpitante, frotando su clítoris con desesperación. Su núcleo estaba empapado, el fuego en su cuerpo alcanzaba un punto crítico.
La bestia continuó bebiendo, indiferente a su frenesí. Sinai, consumida por el placer, introdujo sus dedos en su interior, follándose con movimientos frenéticos mientras se acercaba al abismo.
Un gemido desgarrado escapó de sus labios cuando alcanzó el clímax, arqueando la espalda en un espasmo extático.
Solo entonces, la bestia se apartó.
Con un movimiento lento y deliberado, lamió la herida dos veces, cerrándola por completo. Luego, sin más, se dio la vuelta y se desvaneció en la penumbra.
-Querido… -Extendió la mano hacia la figura que se alejaba, pero un gruñido amenazante la detuvo en seco. La bestia se apartó sin mirarla.
La ira brotó en su interior, aunque se esforzó por ocultarla. Odiaba cuando Daemonikai se comportaba así.
Incluso ahora, en su estado más salvaje, la rechazaba. Y Sinai lo detestaba.
Pero sabía que insistir era inútil. Su presencia ya no era bienvenida. Afuera, fulminó con la mirada las puertas de metal que se cerraban tras él.
-Eres mío -murmuró con fría suficiencia-. Soy tu portadora de sangre, la única capaz de alimentarte. Dependemos el uno del otro. Ni siquiera Evielyn, tu amada compañera de vínculo -que su alma se pudra en el infierno-, pudo darte lo que yo te doy. No importó cuánto la amaras.
Una sonrisa amarga curvó sus labios.
-Siempre serás mío, Daemon. Para siempre.
EMERIEL
Emeriel caminaba de un lado a otro en su pequeña habitación en los barracones de esclavos, con la mente consumida por la preocupación. Afuera, la fortaleza vibraba de actividad mientras los Urekai se preparaban para su festival a la luz de la luna.
Incluso los esclavos, acostumbrados a la dureza de la vida diaria, parecían encontrar un destello de alegría ante la celebración. Pero para Emeriel, la ausencia de su hermana opacaba cualquier atisbo de entusiasmo.
Había pasado más de una semana desde la última vez que vio a Aekeira, y la incertidumbre lo destrozaba por dentro. Madam Livia solo le había dicho que estaba confinada en sus cámaras, sin dar más explicaciones. Emeriel necesitaba verla, confirmar que estaba a salvo.
Al menos, no había vuelto a escuchar gritos por las noches, lo que le daba la tenue esperanza de que no hubiera sido llevada nuevamente ante la bestia después de aquella primera vez.


¿Qué demonios estoy haciendo aquí?
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ese príncipe es una chica: la esclava cautiva del rey vicioso