Residencial Lomas de Santa Fe.
La tenue luz de la mañana se filtraba por la ventana, bañando la habitación. Renato abrazaba con delicadeza a Elara, ambos dormían profundamente, con sus respiraciones acompasadas en un ambiente de absoluta paz.
De pronto, el timbre de un celular rompió la calma.
Los dos despertaron al mismo tiempo.
Al abrir los ojos y ver a Elara a su lado, una profunda ternura inundó el pecho de Renato. Abrazarla al dormir y que su rostro fuera lo primero que viera al despertar era un deseo que había anhelado por mucho tiempo. Jamás imaginó que hoy se volvería realidad.
Dejó un beso en su frente y le habló con la voz ronca de quien acaba de despertar.
—Sigue durmiendo, yo contesto.
Elara murmuró un suave «sí», pero no cerró los ojos. Su mirada seguía cada movimiento de él, y una cálida sonrisa asomaba en sus labios.
Renato se enderezó, tomó su teléfono de la mesita de noche y contestó la llamada. Al otro lado de la línea se escuchó la voz de Matilde.
—Le pregunté al personal, y anoche no dormiste en la mansión.
Renato se recostó contra la cabecera y acomodó las mantas para cubrir a Elara.
—No.
—¿Y dónde estás ahora?
—Durmiendo.
—¿Durmiendo dónde?
Renato sostuvo el teléfono, cruzó miradas con Elara y apretó los labios sin decir una palabra.
—¿Estás en la casa de mi niña Elara?
Los ojos de Renato mostraron una ligera sorpresa, pero no lo negó.
—Sí.
—Isabel acaba de salir corriendo de la casa. Me dijo que iba a tomar un café con unas amigas, y que además pasaría a invitar a Elara para que venga a pasar el Fin de Año a la mansión.
La mirada de Renato se ensombreció al instante, y sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del aparato.
—Entendido.
Al ver el cambio brusco en su expresión, Elara se preocupó. Apenas colgó, le preguntó rápidamente:
—¿Qué pasa?
—Isabel viene para acá.
El corazón de Elara dio un vuelco y se sentó de golpe en la cama, asustada.
—¿Viene para acá?

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