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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 84

A Alexander Donovan no lo calentaba ni el sol.

El terror que sintió bajo las manos de Víctor desapareció en cuanto este salió de la oficina, convirtiéndose de inmediato en pura rabia.

Respirando agitado y soltando un grito de frustración, pasó el brazo por su escritorio y tiró todo al piso.

La computadora, los contratos y su vaso de whisky se estrellaron contra el suelo, pero ni siquiera ver todo hecho un desastre le quitaba la humillación de encima.

Caminaba de un lado a otro, frotándose el cuello donde todavía sentía el agarre de Grimaldi. De pronto, la puerta se abrió.

Un hombre entró con las manos en los bolsillos, pisando los cristales rotos como si nada.

Era Tadeo Flores, su nuevo cómplice; un tipo de la alta sociedad, pero con el alma igual de podrida que la del propio Alexander.

—Uy... ¿qué fue todo este desastre? —preguntó Tadeo, arqueando una ceja mientras miraba el caos, deteniéndose justo frente a la computadora destrozada.

Alexander se giró de golpe, con los ojos llenos de furia y la corbata totalmente deshecha.

—¡Definitivamente voy a despedir a la inútil de Marcela! —bramó Donovan, señalando la puerta—. ¡Deja entrar a todo el mundo a mi oficina como si esto fuera un parque público!

Tadeo soltó una risa seca, carente de humor, y se acomodó la chaqueta del traje.

—¿Ahora resulta que yo soy "todo el mundo", Alexander? Cuida tu tono.

Donovan cerró los ojos por un segundo, obligándose a respirar profundo.

Sabía que pelear con Tadeo era un error.

Necesitaba a ese hombre, especialmente ahora. Pasó una mano temblorosa por su cabello rubio, tratando de recuperar un mínimo de compostura.

—Lo siento, Tadeo. Estoy muy molesto. Demasiado molesto. Tengo que calmarme —murmuró, apoyando ambas manos sobre el escritorio vacío, bajando la cabeza.

Tadeo avanzó un par de pasos, esquivando un pisapapeles.

—Y mucha paciencia, amigo mío. Muchísima —asintió Tadeo, dándole un sorbo al licor—. Pero cambiando de tema, que es a lo que realmente vine. Necesito una inyección de dinero fuerte y la necesito ya. Voy a importar unos productos de contrabando desde Sudamérica y el proveedor exige el pago por adelantado.

Alexander frunció el ceño, sacando la mente de su guerra personal por un segundo para enfocarse en los negocios sucios que los unían.

—¿Qué productos son esta vez?

—Esto es demasiado grande para dejarlo pasar —explicó Tadeo, apoyándose en el borde del escritorio—. Es un cargamento masivo de coltán extraído ilegalmente, diamantes en bruto sin certificar y una serie de microchips no rastreables para armamento militar que conseguimos por unos contactos en la frontera. Es mercancía de altísimo riesgo, pero la ganancia en el mercado negro nos va a triplicar la inversión en menos de un mes.

Alexander asintió lentamente, calculando los números en su cabeza. Ese tipo de negocios eran su verdadera fuente de riqueza, la que financiaba su fachada de poder.

—Muy bien, es un riesgo que estoy dispuesto a correr. Necesito el dinero rápido. He perdido mucho capital con las movidas fallidas en esta guerra contra Grimaldi.

Tadeo terminó su trago y dejó el vaso sobre el único rincón limpio de la madera. Su mirada era vacía, la de un hombre al que no le importaba nadie más que sí mismo.

—Allá tú y tu estúpida guerra de egos con Grimaldi. A mí lo único que me importa es que sigas aportando el capital para el negocio y que las ganancias fluyan. Mientras no me metas en tus líos personales, somos los mejores socios. Pero si Víctor se acerca a nuestra mercancía por tu culpa, te dejo solo.

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