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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 128

Melissa iba sentada en la parte trasera del lujoso sedán, con la mirada perdida en las luces de las calles que pasaban a toda velocidad al otro lado del cristal.

Estaba absorta en sus propios planes cuando, de manera brusca, el chofer orilló el auto y apagó el motor frente a la entrada de su edificio.

—Señora, hasta hoy trabajo con usted —anunció el hombre, dándose la vuelta en su asiento con una expresión completamente estoica.

Melissa frunció el ceño, sacudida de sus pensamientos por la sequedad de las palabras.

—¿Cómo que hasta hoy? ¿De qué diablos me hablas? —preguntó, cruzándose de brazos con indignación.

—El señor Donovan prescindió de mis servicios hace menos de una hora. Me ordenó que le dejara el auto a usted y que me retirara de inmediato. Así que, con su permiso, la dejo en su casa.

—Esto tiene que ser una maldita broma —masculló ella, sintiendo que una punzada de ansiedad pura le nacía en la boca del estómago—. No entiendo absolutamente nada de lo que está pasando. Voy a llamarlo en cuanto ponga un pie en el apartamento.

El chofer no le ofreció ninguna explicación más. Se bajó, le abrió la puerta por pura costumbre y, una vez que ella estuvo en la acera, le tendió las llaves del coche.

—Adiós, señora.

El hombre se dio media vuelta y desapareció caminando por la calle, sin mirar atrás.

Melissa se quedó parada en la acera, apretando las llaves con tanta fuerza que el metal se le clavó en la palma de la mano.

Subió a toda prisa, ignorando al portero y metiéndose en el ascensor con el corazón latiéndole a mil por hora. Apenas cruzó la puerta de su sala, arrojó el bolso al sofá y sacó su teléfono.

Marcó el número de Alexander una, dos, tres veces. Todas las llamadas se iban directo al buzón de voz.

—¿Qué carajos está pasando contigo, Alexander? ¡Contesta! —gritó a la habitación vacía, paseándose de un lado a otro.

***

Al día siguiente, en lo más alto de la Corporación Grimaldi, el ambiente era muy distinto. El despacho del CEO respiraba una victoria aplastante.

Daniel estaba sentado frente al escritorio de Víctor, bebiendo un trago de whisky al mediodía para celebrar, pero también para ahogar la frustración que le quemaba el pecho.

—Lo ejecutaste al mejor estilo Grimaldi —comentó Daniel, alzando el vaso de cristal—. Limpio, letal y sin dejar rastro. A estas horas, ese miserable ya debe estar congelándose en Canadá, lamentando el día en que decidió meterse en tu camino.

Víctor soltó una risa seca, recostándose en su sillón de piel.

—Así es. Que le sirva de lección a cualquier otro idiota. Aunque hay que admitir que Amandita desata unas pasiones muy extrañas en sus enemigos.

—Eso ni lo digas, hermano.

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