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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 127

La tomó por la cintura con ambas manos, dispuesto a acorralarla contra el sofá para exigirle la verdad mirándola a los ojos.

Pero apenas sus dedos presionaron con firmeza el abdomen de Brenda, ella soltó un grito desgarrador.

Fue un sonido de dolor puro y desesperado que cortó el aire tenso del apartamento.

Brenda se dobló sobre sí misma al instante, llevándose las manos desesperadas a la herida oculta bajo la ropa, empapada de pronto en un sudor frío y temblando como una hoja al borde del colapso.

Daniel la soltó al instante, retrocediendo un par de pasos, pálido como un fantasma. Los ojos se le desorbitaron por el shock al darse cuenta de lo que acababa de hacer.

Él no era un maltratador, jamás había lastimado a una mujer, y verla retorcerse frente a él le cayó como un balde de agua helada.

—Brenda… —murmuró, con la voz temblorosa, levantando las manos en señal de rendición—. ¿Qué… qué te pasó? ¿Estás herida?

Ella se dejó caer pesadamente sobre los cojines del sofá, respirando por la boca de forma errática, cerrando los ojos con fuerza para aguantar la punzada que amenazaba con abrirle los puntos de sutura.

—No me toques… —gimió ella, apartándose bruscamente cuando él hizo el amago de acercarse para socorrerla.

El cerebro de Daniel empezó a trabajar a mil por hora.

Las ausencias misteriosas, la palidez extrema, la visita sospechosa de Melissa. Todo tenía un tufo asqueroso a problemas graves, a cosas muy turbias.

—Dime quién te hizo esto —exigió él, con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse. Su tono ya no era de furia, sino de una exigencia oscura y peligrosa—. Habla de una vez, Brenda. ¿Quién carajos te lastimó de esa manera? ¿Fue esa loca de Melissa la que te hizo esto?

Brenda abrió los ojos lentamente.

Lo miró desde su posición encorvada, sabiendo perfectamente que si abría la boca, Jake la hundiría a ella y probablemente también mataría a Daniel por meterse en el camino de su enfermiza venganza.

—Daniel, vete, por favor… —suplicó ella en un susurro ahogado, sin fuerzas físicas ni mentales para defenderse.

—Me voy —sentenció él, abrochándose el botón del saco con un gesto frío, metódico y definitivo, levantando un muro de hielo irrompible entre los dos—. Fui un completo imbécil al pensar que valías la pena o que eras diferente al resto. No eres una mujer para mí ni para nadie que busque algo serio. No eres más que el mismo desastre tóxico de siempre.

Daniel la miró por última vez, recorriendo su figura encogida en el sofá con una mezcla de lástima y desprecio absoluto.

—Sigue revolcándote en la basura con tus malditos secretos —le escupió con crueldad, dispuesto a destrozarla para no mirar atrás—. Al final del día, es evidente que siempre serás una simple puta buscando al mejor postor.

Dio media vuelta y salió del apartamento con paso firme, tirando de la puerta tras de sí.

El sonido del golpe fue lo último que Brenda escuchó antes de romper a llorar desconsoladamente en el silencio de su sala, abrazada a su propio dolor y a su soledad.

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