Gloria vaciló un instante, pero mantuvo la voz firme.
—Señor Granados, entendió mal. La señora Pizarro hablaba de que ella y el señor Pizarro están intentando embarazarse.
Un rayo de luz cayó sobre sus ojos bonitos.
Eran claros, limpios; se le veía todo.
Si Jaime no lo hubiera escuchado con sus propios oídos, casi se la cree.
—Me mientes porque ese bebé es de Federico.
A Gloria se le endureció la cara. Jaime, para el trabajo, no era precisamente un genio.
Pero para el chisme… ahí sí era bien colmilludo.
Al verla callada, la sonrisa de Jaime se hizo todavía más grande.
—Entonces, ¿qué eres tú de Federico?
Gloria no tenía cómo explicarlo. Ese matrimonio ya se había acabado; no había por qué sacarlo otra vez y complicar más las cosas.
Pero si no decía nada, con la pura relación de jefa y empleado no iba a taparle la boca a Jaime.
—¿Te está hostigando en el trabajo?
Mil ideas le brincaron en la cabeza, y eligió la más oscura.
—¿Federico quiere quedar bien en casa y andar de vivo por fuera? ¿Tener un hijo contigo a espaldas de Irene Orozco? Qué tipo tan ruin…
Gloria se acomodó el cabello y se obligó a mantenerse serena para hablar con él.
—No es como usted cree. Fue un accidente. Federico no sabe que existe este bebé.
Jaime se quedó sorprendido y, por instinto, no le creyó.
—¿Un accidente y ni se enteró… y tú aun así lo vas a tener?
—Soy huérfana. Quiero un hijo con mi propia sangre. Dudo que usted entienda eso. Federico es bueno en todo; sus genes no pueden ser malos. Si lo ve así, no salgo perdiendo.
Gloria hizo lo posible por deslindarlo.


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