—Guárdate tus lágrimas. Incluso si lo que dices es verdad, tú fuiste quien engañó a Federico desde el principio para que aceptara casarse contigo. Estás llena de mentiras, eres una...
Ver el rostro de Irene solo le revolvía el estómago a Alicia.
—No vuelvas a aparecerte por aquí. Puede que Gloria no termine siendo mi nuera, ¡pero te aseguro que tú jamás ocuparás ese lugar!
Sin más que decir, dio media vuelta, regresó al salón, tomó su bolso y se marchó.
La repentina aparición de Irene amargó por completo la tarde de juegos.
Las otras señoras salieron detrás de Alicia, sin ocultar su molestia hacia la joven.
—Ya cancelaron la boda, ¿qué haces arrastrándote detrás de ella?
—Una señorita de buena familia no debería ser tan arrastrada, no tienes vergüenza.
—La señora Vallejo pensó que eras oro y resultaste ser cobre. Si hubiera sabido la clase de fichitas que son tú y tu madre, ni siquiera las habría volteado a ver.
Rodeada por las críticas mordaces, Irene se mordió el labio con tanta fuerza que se rompió la piel. El sabor metálico de la sangre llenó su boca, dándole náuseas.
La actitud despiadada de Alicia la empujó al borde del abismo.
Ella prácticamente había sido criada bajo el ala de Alicia. Cuando era la chica perfecta, todos elogiaban a Alicia; ahora que había caído en desgracia, ¿acaso Alicia no tenía parte de la culpa?
Recordar la mirada de repulsión que le lanzó momentos antes hizo que apretara los dientes con tanta furia que sentía que los iba a romper.
Tras un largo silencio, algo pareció hacer clic en su mente. La tormenta de ira en sus ojos se calmó lentamente y, dando media vuelta, salió del club.
—
Por otro lado, como Virginia no logró alquilar una casa adecuada, Yolanda decidió cortar por lo sano y compró un pequeño apartamento en el centro de Belgrano Norte. Era el tamaño perfecto para que vivieran juntas.
Gloria se instaló en la habitación principal del segundo piso, que estaba llena de luz natural.
Día tras día, Virginia y ella se dedicaban por completo a cuidar de Lalo y de Bruno.
Yolanda se encargó de comprarles de todo a los niños: comida, biberones, juguetes... no les faltaba nada.
En un abrir y cerrar de ojos, llegó el lunes. La noche anterior, Gloria le había mandado un mensaje a Federico: "Nos vemos a las nueve de la mañana en el Registro Civil".
Federico no le contestó, pero era evidente que había visto el mensaje.
Gloria se levantó temprano, se arregló y se preparó para salir.
—¿De verdad no quieres que te acompañe?
Virginia se asomó a la habitación, bajando la voz para no despertar a Lalo, y le hizo la misma pregunta por enésima vez.


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