Lo primero que hizo Raúl al regresar a Belgrano Norte fue buscar a Federico.
—¿Virginia también volvió? —adivinó Federico de inmediato.
—Por supuesto, solo regresé porque ella lo hizo.
Raúl, disfrutando de la tensión, añadió:
—¿Así que Virginia vino a ayudar a Gloria con la mudanza para que se fuera de tu casa?
Esa última frase llevaba un claro tono de burla.
Federico frunció el ceño de inmediato. Gloria, después de todo, seguía decidida a irse.
Apretó los labios, con la mandíbula tensa.
—Pensé que ya se había ido contigo a Belgrano Norte. Hace un par de días me dijiste emocionado que casi había aceptado cancelar los papeles del divorcio. ¿Qué salió mal ahora?
Al ver su mala cara, Raúl entendió que la situación era más grave de lo que pensaba y dejó las bromas a un lado.
—No me atrevo a presionarla —Federico se frotó el puente de la nariz.
Desde que había renunciado estando embarazada, Gloria vivía en un estado de alerta constante.
El bebé le importaba demasiado, tanto que le impedía pensar con claridad.
Y la confianza que le tenía era tan frágil como el papel; un simple soplido bastaba para romperla.
Cuanto más la acorralara, más se alejaría. Esa frágil relación, sin una base de confianza, no resistiría el menor impacto.
—Ella tampoco se atreve a romper lazos del todo contigo —señaló Raúl, dando en el clavo—. Así que todavía tienes una oportunidad. ¿Cuál es el siguiente paso?
Federico soltó un suspiro pesado.
—Ir al Registro Civil a tramitar el divorcio.
—Entonces tienes el tiempo en contra —dijo Raúl, revisando su reloj—. Te queda a lo mucho un mes. ¿Crees que en el período de reflexión logres recuperarla?
—Aunque sea imposible, tengo que hacerlo.
Raúl sacó su celular y abrió el chat con Virginia.
—Quién iba a decir que algún día terminaría dándote una mano en asuntos del corazón.
Le mostró la pantalla a Federico.
—¿Quieres que la invite a salir para que hablemos?
—Por ahora no —rechazó Federico—. Hay que darle tiempo para que se calme.

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