—Ay...
Doña Valentina de Córdoba soltó un largo suspiro. —Que se case si quiere, pero ¿no podría buscar a alguien más cerca? Cuando tengas la oportunidad, trata de sacarle información, pregúntale si su novio es de Río Alicante.
¿Qué clase de partido sería? Si el muchacho no tenía buena posición, ¿aceptaría unirse a la familia de los Córdoba y venirse a vivir acá?
A ella le dolía en el alma que su nieta se casara tan lejos.
—Si tengo la oportunidad, le pregunto —respondió Gloria, mientras trataba de hacer memoria. En la sucursal del Holding Rivadeneira no había hombres que destacaran tanto.
Sabiendo lo exigente que era Paulina Córdoba, seguramente habría conocido a algún ejecutivo brillante de otra empresa durante algún evento social.
—Dicen que los hombres del sur son jovencitos apuestos y de palabras dulces, mientras que los del norte son rudos. Tengo miedo de que se haya dejado deslumbrar allá, y si la engañan...
Definitivamente, eso era lo malo de tener hijas; uno siempre vivía con el temor de que conocieran al hombre equivocado a la hora de casarse.
Cuando Gloria decidió apostarlo todo y casarse con Federico, no tuvo padres que la aconsejaran, solo contó con Virginia Reinoso para ayudarle a planear todo.
—Por cierto... —Doña Valentina cambió de tono rápidamente, agregando—: Federico es uno de los mejores hombres que vas a encontrar en el norte. Tanto por fuera como por dentro, es excepcional. Le da mil vueltas a esos carilindos del sur.
Un segundo antes alababa a los sureños como atractivos, y al instante siguiente los rebajaba a ser simplemente "carilindos".
Doña Valentina hacía un esfuerzo titánico por dejar en buen lugar a Federico frente a Gloria.
Gloria no respondió, se limitó a sonreír suavemente.
Desde el patio se escuchó el ruido de un motor; la camioneta Mercedes de Alicia Vallejo entró directamente al garaje.
Al bajar, Alicia miró hacia donde estaban y luego entró a la casa sin decir una palabra.
—A saber quién la hizo enojar ahora —resopló Doña Valentina—. Desde que volvió de Río Alicante, anda con esa cara como si toda la familia le debiera ocho millones.
Don Mariano Córdoba comentó: —Haz de cuenta que no la ves, no te amargues la vida.

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