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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 651

—Si de plano tengo que elegir —Federico sostuvo la mirada de Alicia—, entonces o vienes a ver a Lalo todas las mañanas, o te regresas a Belgrano Norte y te esperas a que yo me lo lleve para allá.

Al verse acorralada, Alicia sintió cómo la sangre le hervía del coraje, a punto de estallar.

—Mamá, mejor vamos a conformarnos con venir a verlo en las mañanas —tuvo que intervenir Paulina—. Mi hermano ya sabrá cómo hace sus cosas, nosotros ni le movamos.

Alicia la fulminó con la mirada.

—¡Cuando los adultos hablan, tú no te metes!

—Yo nomás te lo digo por tu bien. Si mi hermano se pone pesado y ya no te deja ver al niño, luego no vayas a andar llorando.

Volteó a ver a Margarita y le pidió que le echara un ojo a Lalo mientras ella se recorría un poco en el sillón.

Más que nada para evitar que los gritos de esos dos asustaran a su sobrino; si se ponía a llorar, iba a estar peor la cosa.

—¡Lo digo por cuidar la imagen de la familia Córdoba! —Como Alicia vio que a las malas no iba a lograr nada, suavizó su tono—. Además, ¿cómo es posible que un hombre como tú se deje mangonear así por una mujer?

—Nadie está mangoneando a nadie, simplemente no es el momento de hablar de la custodia de Lalo —respondió Federico.

Alicia no quiso escuchar razones.

—Me tiene sin cuidado, a más tardar a fin de año, ¡Lalo tiene que regresar a la casa!

—Si la tiene sin cuidado, entonces no se meta tanto. —Federico usó sus mismas palabras para contestarle. Acto seguido, se levantó y caminó hacia la barra—. Voy a prepararle un té de manzanilla para que se calme un poco.

Era la forma sutil de Federico de ceder terreno.

Si hacía que Alicia perdiera por completo los estribos y armara un escándalo mayor, las cosas se saldrían de control.

—No quiero nada —rezongó Alicia, con cara de pocos amigos.

Paulina agarró la manita de Lalo y la balanceó suavemente.

—Cargando al hijo del otro y todavía se pone a pelear con él...

—Tú cállate.

Paulina se dejó caer de golpe en un sillón individual, haciendo berrinche, y ni siquiera se dio cuenta de que el regalo se había caído.

Durante las tres horas que duró la visita, madre e hija se estuvieron peleando por cargar a Lalo, hasta que Federico prácticamente las corrió de la casa.

En cuanto la puerta de la residencia se cerró, las sonrisas de Alicia y Paulina desaparecieron.

Echaron un último vistazo por la ventana hacia el interior antes de irse de mala gana.

—Margarita, recoge todo lo que dejaron en la sala —pidió Federico, sentado en una silla de mimbre en el solárium, con Lalo acostado boca abajo sobre su pecho, tomando el sol.

Margarita de inmediato borró cualquier rastro en la sala que delatara la presencia de Paulina y Alicia.

—Señor, creo que este es el regalo que trajo la señora —dijo Margarita, acercándose con un elegante joyero. Adentro había una medalla de oro y marfil con la figura de un león grabado.

El diseño era complejo y de excelente manufactura, adornado además con piedras preciosas que claramente valían una fortuna.

El león representaba fuerza, un detalle ostentoso que iba perfecto con la personalidad de Alicia.

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