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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 652

Federico recordó que hace un rato escuchó a Alicia y a Paulina discutiendo sobre unos regalos.

—Llévalo a mi cuarto por ahora.

Margarita asintió y subió a dejar el regalo en la habitación del tercer piso.

Una vez que la sala quedó impecable, entró a la cocina para ayudarle a la mayordoma con la comida.

—Oye Margarita, como que la señora Gloria y el señor Córdoba no andan muy bien, ¿verdad? —La mayordoma se acercó y le empezó a contar el chisme en voz baja—. Digo, normalmente uno ni en cuenta, pero cuando pasa algo, luego luego se nota que la señora trata al señor con demasiada formalidad.

Margarita le echó un vistazo al solárium.

—Ni se te ocurra andar diciendo eso enfrente del señor.

—¿Por qué? —susurró la mayordoma—. ¿Qué fue lo que pasó?

—Esos son problemas de ellos, nosotros no tenemos por qué meternos. Nada más acuérdate de no irte de boca y contarle a la señora que vinieron su mamá y su hermana a ver al niño, ¿eh?

Margarita tampoco terminaba de entender en qué situación estaban Federico y Gloria.

Se habían reconciliado, vivían bajo el mismo techo, pero dormían en cuartos separados.

—Pero la señora Gloria también... Digo, con el señor Córdoba siendo tan guapo y tan buen partido, no sé cómo...

La mayordoma no pudo terminar la frase porque en el patio se escuchó el ruido del motor de un coche.

Era Gloria, que ya había regresado.

Margarita le dio un codazo a la mayordoma para que se callara.

—Ya apúrate a servir los platos, que ya vamos a comer.

—Sí, voy. —La mayordoma dejó el chisme por la paz y se puso a trabajar de volada.

Al bajarse del coche, Gloria vio a Federico cargando a Lalo en el solárium.

Entró directo por la puerta lateral.

El cálido sol de mediodía creaba un ambiente perezoso y acogedor. Las facciones de Federico, perfectamente delineadas, parecían esculpidas a la perfección.

Tenía una mano apoyada con gesto protector sobre el cuerpecito de Lalo y los ojos cerrados, como si se hubiera quedado dormido.

—No, prefiero esperarlos.

—Pues Lalo ni siquiera puede sentarse a la mesa, ¿cómo que vas a esperarlo? —La mayordoma soltó una carcajada—. Más bien quiere esperar al señor Córdoba, ¿verdad?

Gloria se detuvo a la mitad de los documentos que estaba revisando y levantó la vista hacia la mayordoma.

—Es que fíjese, con lo fría que se porta luego con el señor Córdoba, a fin de cuentas sí lo tiene presente. Hasta prefiere aguantarse el hambre con tal de comer juntos. Siendo así, ¿por qué siempre está tan seria con él?

A la mayordoma ya le estaba dando lástima la situación.

Lo que ella quería decir no era que Gloria anduviera de malas todo el día, sino que siempre trataba a Federico con una frialdad y una formalidad que daban pena.

—¿No es eso simple educación? —le preguntó Gloria, resignada—. Estamos viviendo en su casa.

A Gloria ni siquiera se le ocurría sentarse a comer sin esperar al dueño de la casa.

—¡Pero si esta también es su casa! —brincó de inmediato la mayordoma—. El señor Córdoba nunca ha visto este lugar como si fuera solo de él. De hecho, siempre nos pide que preparemos las comidas pensando en lo que a usted le gusta.

Aunque, claro, como a Margarita le daba consideración Federico, siempre se las arreglaba para incluir al menos un platillo que fuera del agrado del señor.

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