Margarita dijo esto mientras servía el desayuno.
Federico tomó asiento y empezó a comer con calma. Al escuchar a Margarita, pausó un momento antes de seguir masticando como si nada.
Con solo escuchar esas palabras, pudo imaginarse la expresión de preocupación y tristeza en el rostro de Gloria cuando las dijo.
Miró al pequeño en la carriola.
—Ella no está, pero me tiene a mí.
—Usted vaya a trabajar tranquilo, nosotros cuidamos al niño, no se preocupe por nada —comentó Margarita con naturalidad.
Después de desayunar, Federico llevó la carriola a la sala para cuidar al bebé mientras revisaba unos asuntos de trabajo.
***
En Grupo Larrinaga.
Gloria apenas se bajaba del coche cuando Jaime salió del edificio.
—¡Por aquí!
El grito hizo que varias personas en la oficina voltearan a mirar.
Gloria se acomodó la bolsa en el brazo, le dedicó una sonrisa educada y se acercó a paso rápido.
—Menos mal que llegué temprano, si no, me habría perdido la oportunidad de recibirte.
Jaime estaba parado en la entrada principal. Al verla entrar, no pudo evitar sonreír y abrió los brazos con entusiasmo.
—¡Bienvenida a Grupo Larrinaga!
Las personas alrededor los miraron con curiosidad, y se hizo un silencio en el lugar.
Gloria dio un paso al frente, lo tomó de las muñecas y le bajó los brazos.
—Señor Granados, es un honor ser su subordinada —dijo, dándole un firme apretón de manos.
La sonrisa de Jaime se desvaneció un poco y murmuró entre dientes:
—Ayúdame a quedar bien, por favor.
Gloria mantuvo su sonrisa y le susurró:
—Hay mucha gente viéndonos, cuida tu imagen.
—Bienvenida. —Jaime la soltó y empezó a aplaudir.
Hablando estrictamente como profesional, le parecía una lástima ceder una parte del negocio tan fácilmente y dejar ir una ganancia millonaria.
Pero al final del día ella era una empleada, y su deber era acatar las decisiones de los jefes.
Al llegar al último piso, Gloria pasó a su oficina para dejar su bolsa.
Jaime la esperó en la puerta.
—Si ves que te hace falta algo, hazme una lista y mando a alguien a comprarlo ahorita mismo.
—No te preocupes, así está perfecto —dijo ella mientras salía—. Vamos a la sala de juntas, no hay que hacer esperar a los socios.
Jaime asintió y la guió por el pasillo.
—Yo que quería pasarme el día platicando en tu oficina, y resulta que me toca lidiar con reuniones. Qué lata.
—Mide tus palabras —le advirtió Gloria en voz baja—. Estamos en la ofi...
Ya estaban frente a la sala de juntas y, a través del cristal, se podía ver a las personas que estaban adentro.
Al reconocer a la persona que estaba sentada, Gloria se quedó callada de golpe.

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