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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 619

—Solo legalmente.

Federico soltó esas palabras con los labios apretados.

Entre sus palabras se notaba un evidente tono de celos y amargura.

Raúl, a pesar de estar lejos y a través del teléfono, lo notó de inmediato.

—Mañana a las diez de la mañana en el club ecuestre de las afueras.

Soltando la información importante, Raúl colgó el teléfono.

Federico aventó el celular a un lado y se quedó parado frente al ventanal, observando el brillante y complejo panorama nocturno de Río Alicante.

Las luces de la ciudad se reflejaban en el fondo oscuro de sus ojos, pero no lograban disipar la pesadez en su mirada.

Tras un largo rato, se dio la vuelta, tomó el celular y llamó a Pablo.

—Mañana a primera hora lleva varios botes de leche de fórmula a mi oficina.

—Entendido. ¿Está bien a las nueve que entremos a trabajar? —preguntó Pablo.

—A las ocho —indicó Federico con precisión antes de colgar.

El coche de Pablo ni siquiera había salido de la calle de Holding Rivadeneira cuando él mismo se dio una cachetada ligera.

«¡Por andar de preguntón!»

Por abrir la boca, ¡acababa de perder una hora de sueño!

El club ecuestre en las afueras estaba ubicado al suroeste de Río Alicante. Era el lugar perfecto para el entretenimiento de la alta sociedad.

José conocía al personal del lugar, así que les había pedido directamente que despejaran el área; al fin y al cabo, Bruno aún era muy pequeño y no querían que hubiera accidentes.

Por eso Virginia le había dicho específicamente a Gloria que llegara después de las diez, cuando los señores Mendizábal ya se hubieran ido. En ese momento, ella le avisaría al personal y Gloria podría entrar manejando directamente.

Solo había un camino para llegar al club. Gloria iba conduciendo cuando se cruzó de pura casualidad con el coche de José y Yolanda.

Por suerte, ellos no conocían el carro de Gloria, así que pasaron de largo sin darse cuenta.

Gloria entró directo al club y se fue hasta el estacionamiento.

Antes de que el coche se detuviera por completo, Virginia ya venía corriendo emocionada con Bruno de la mano.

—¡Rápido, ya llegó Lalo! ¡Vamos a ver al bebé!

Bruno traía un rehilete en la mano y lo levantaba todo lo que podía.

—¡Bebé! ¡Bebé!

—Señorita Loyola, de casualidad, ¿sabe qué mosca le picó a Federico últimamente? —Raúl la siguió hacia adentro, insistiendo en preguntar—. Tiene a Pablo y a los demás reventados, los hace venir de madrugada a juntas que se alargan hasta altas horas de la noche.

Virginia volteó a ver a Gloria con curiosidad.

—¿Lo hiciste enojar?

Gloria hizo memoria por un segundo y negó con la cabeza.

—No.

—No te lo pregunto en plan de reclamo —aclaró Raúl—. Lo que pasa es que me preocupa que el cuerpo no le aguante. Toma de día, tiene juntas de noche, ni siquiera duerme. Ya sabes cómo es esto: si un hombre no descansa, en nada se le nota el desgaste. Me da miedo que vaya a colapsar.

—No creo que pase eso, él tiene muy buena salud.

Gloria fue realista; ella misma había visto a Federico dormir solo dos horas diarias durante media quincena y aun así estar lleno de energía.

Y apenas llevaban unos cuantos días...

—¿En serio? —Raúl se rio de repente.

Con esa risita, Virginia chasqueó la lengua y soltó:

—¿Y tú cómo sabes que tiene tan buena salud? ¿Acaso no llevan dos años sin intentarlo?

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