El cambio repentino de tema la tomó por sorpresa. Gloria se quedó completamente paralizada, sin saber qué decir.
De hecho, ni siquiera habían sido dos años, ¡había pasado mucho más tiempo desde la última vez!
—¿Qué cara es esa? —Virginia notó algo extraño y se le quedó viendo fijamente—. ¿Cómo fue que te ayudó?
Para ayudarla a esconderse de los Mendizábal... ¿acaso lo habían arreglado llevándosela a la cama?
—Me refiero a que antes él solía quedarse haciendo horas extras en la empresa muy seguido, así que lo de estos días no es nada para él.
Gloria se apresuró a explicar.
Raúl asintió de acuerdo.
—Eso es cierto, el trabajo nunca podrá acabar con él; solo una persona podría hacerlo.
Gloria apenas había apagado el fuego y Raúl ya lo estaba encendiendo de nuevo.
Virginia se dio cuenta un poco tarde de que algo no cuadraba.
—A ver, ¿qué está pasando aquí? ¿Por qué hablan como si Federico y tú fueran uno mismo?
—Ni idea —Gloria negó rotundamente—. Voy a preparar té de flores, platiquen ustedes.
Fue hasta el aparador, sacó un frasco con té de rosas y se puso a servirlo para desviar la conversación.
Virginia le echó una mirada fulminante a Raúl.
Raúl puso cara de disculpa y cerró la boca sin decir nada más.
Los tres se sentaron a la mesa y Gloria les sirvió el té a cada uno.
Apenas había llenado las tres tazas, cuando vio que Raúl tomaba una más y la ponía frente a ella.
—Falta una persona.
—Claro —Gloria llenó esa taza también, pero al mirar alrededor no vio a nadie más.
Justo cuando iba a preguntarle a Raúl quién más iba a llegar, de pronto se escuchó a lo lejos el galope apresurado de un caballo y sus relinchos.
Gloria volteó hacia la ventana.
En la amplia pista de equitación, un hombre vestido con camisa blanca, chaleco hecho a la medida, pantalones de montar con botas altas y un casco negro montaba a caballo. Su postura sobre el animal seguía siendo firme y elegante.
—¿A qué hora llegó Federico? —preguntó Virginia, sorprendida.
—Llegó hace rato —respondió Raúl—. En cuanto llegó se fue a montar, ya lleva tres vueltas completas al club.
—Menos mal. Ese hombre da miedo; lo mejor es no provocarlo y mantener cierta distancia.
La puerta de la sala de estar se abrió. Federico se quitó los guantes de gamuza, y sus botas de montar resonaron contra el piso de madera con un crujido leve pero penetrante.
—Llegas en el momento perfecto, la señorita Loyola acaba de preparar té.
Raúl jaló la silla que estaba junto a Gloria, indicándole a Federico que se sentara.
Federico dejó los guantes sobre una mesa auxiliar, se acercó, se sentó y le dio un trago al té de flores.
Ninguno de los presentes dijo nada. Tras unos segundos de absoluto silencio, Raúl fue el primero en levantarse.
—Hay un poni aquí en el club, voy a llevar a Bruno para que se suba un rato.
—¡Claro que no, se te va a caer! —se negó Virginia de inmediato.
Pero Raúl ya había levantado a Bruno y caminaba hacia la salida. Ella se puso de pie y salió corriendo detrás de él.
—¡Si le pasa algo, la regañiza me la llevo yo!
Se fueron tan rápido y de la nada, que en la sala de estar solo quedaron Gloria y Federico.

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