—No te pido mucho, solo que me ayudes a conseguir un trabajo. ¡En Holding Rivadeneira, en el Grupo Larrinaga, donde sea! ¡Cualquier lugar donde Lucas no pueda meter sus narices!
Tomás había intentado buscar trabajo a escondidas una vez, y cuando Lucas se enteró, casi le da una paliza mortal.
Quién sabe qué les habría dicho Lucas a los empresarios de la zona, pero después de eso, ninguna compañía se atrevía a contratar a Tomás por miedo a meterse en un problemón.
Gloria venía de Holding Rivadeneira y actualmente trabajaba en el Grupo Larrinaga.
Por su posición, fácilmente podría acomodar a alguien.
—Ni el Grupo Larrinaga ni Holding Rivadeneira son lugares donde yo pueda hacer lo que me plazca. Los Mendizábal son como perros rabiosos que muerden a cualquiera. Si le traen pérdidas a la empresa, ¿quién va a hacerse responsable?
Al escucharla, Tomás soltó su mano, perdiendo toda la fuerza.
—Si se pudiera, ojalá el hijo al que abandonaron hubiera sido yo y no tú.
Tomás se puso de pie y se tambaleó con su figura alta.
Soltó una risa burlona hacia sí mismo y salió del lugar.
Gloria se quedó allí un momento.
Sentía una presión en el pecho que apenas la dejaba respirar.
Se levantó, observó el asiento donde Tomás había estado, y después de un buen rato, dio media vuelta para irse.
Lalo ya se había despertado.
Federico lo tenía en brazos y el niño no hacía ni el más mínimo berrinche.
Gloria abrió la puerta, se subió, se puso el cinturón y arrancó el coche.
Estaba demasiado callada.
No solo ignoró a Federico, sino que ni siquiera le echó una mirada a Lalo.
La mirada penetrante de Federico se clavó en el perfil de ella.
—¿Qué te dijo Tomás?
—Me dijo que el hecho de que los Mendizábal afirmen tener tres hijos significa que siguen tras Lalo. Van a hacer todo lo posible por obligarme a volver. Tomás me advirtió que tuviera cuidado —explicó Gloria.
—¿Qué más?
Gloria negó con la cabeza.
—Nada más.
La expresión de Federico se volvió fría.
No necesitaban que Tomás les dijera eso, ellos ya lo tenían más que claro.
Gloria no estaría tan pensativa solo por eso.
Al llegar a la casa, Gloria estacionó el coche, tomó a Lalo en brazos y entró a la residencia.
Gloria nunca había sido exigente para comer; con algo sencillo le bastaba.
Pero sí era del tipo de personas a las que las emociones les quitaban el hambre.
Por eso, aunque al mediodía Margarita y el ama de llaves se lucieron en la cocina, Gloria apenas probó un par de bocados antes de llevarse a Lalo arriba para tomar una siesta.
Pasó toda la tarde encerrada en su recámara con el bebé.
En la noche, bajó a cenar algo rápido y regresó a su encierro.
—Señor, ¿qué le pasa a la señora? —preguntó Margarita, preocupada.
—No es nada.
—Federico dejó los cubiertos y subió las escaleras.
—¿Crees que se pelearon? ¡Casi no comieron! —El ama de llaves miraba los platos prácticamente intactos en la mesa—. ¡En la tarde pasó lo mismo!
Margarita le hizo una seña para que recogiera la mesa y no hizo más preguntas.
Arriba, Gloria logró dormir a Lalo antes de meterse a bañar.
Al salir, revisó su celular y vio un mensaje que Tomás le había enviado diez minutos atrás:
[¡Hermana, gracias! ¡Sabía que no me ibas a dejar tirado!]

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