Gloria le respondió con un simple signo de interrogación.
[Ya recibí la oferta para entrar a Holding Rivadeneira. Aunque voy a empezar desde abajo, te prometo que le voy a echar ganas y no te voy a hacer quedar mal.]
¿Holding Rivadeneira?
¿Federico?
Gloria salió de su cuarto con el celular en la mano, yendo directo a la puerta de Federico.
Pero justo cuando estaba a punto de tocar, se detuvo.
Se quedó viendo la puerta cerrada.
De repente, recordó lo que él le había preguntado en el coche.
«¿Qué te dijo Tomás?».
«¿Qué más?».
Federico se había dado cuenta de su actitud extraña y supuso que Tomás le había contado algo más.
Él siempre era así de calculador.
Se mordió el labio, sin saber cómo abordar el tema con Federico.
Un crujido se escuchó a sus espaldas.
Al darse la vuelta, vio a Federico con una camisa negra, recargado en el marco del estudio.
La luz brillante a sus espaldas dejaba su rostro a oscuras, dándole un aire misterioso.
—¿Aún no te duermes? —fue ella la primera en hablar.
Federico soltó un murmullo afirmativo y la miró fijamente con sus ojos oscuros, dejando que se formara un silencio entre ellos.
Gloria llevaba una pijama de algodón color crema y una toalla enredada en la cabeza.
Su rostro sin una gota de maquillaje se veía impecable, sin una sola imperfección.
Era muy blanca por naturaleza y sus facciones eran delicadas.
Sin los arreglos del maquillaje, resultaba imposible quitarle la vista de encima.
Verla así, con unos chupetones apenas visibles en el cuello, era suficiente para echar a volar la imaginación.
—Quería hablarte de Tomás —dijo Gloria, armándose de valor—. ¿Por qué le mandaste una oferta de trabajo?
—¿Y qué querías que hiciera? —respondió Federico—. ¿Verte torturándote todos los días sin probar bocado?
Ni siquiera habían pasado días.
Apenas se había saltado dos comidas.
Federico apagó la luz del estudio y caminó tras ella.
—Me duermo contigo.
—¿Eh? —Gloria se asustó y volteó a verlo—. ¿Co... conmigo?
—¡No hace falta!
Federico iba siguiéndola, y sus intenciones parecían más que obvias.
Sin darle tiempo a decir nada más, ella se negó tajantemente.
—No voy por ti, voy por Lalo. —Federico pasó por un lado de ella, caminando hacia su cuarto—. Aunque si tienes ganas, puedo aprovechar para hacerte compañía a ti también.
Gloria lo siguió de cerca.
—Hoy no va a llover, así que no se va a repetir lo de la otra noche.
Federico se paró justo en la puerta de la habitación y le respondió usando su misma lógica:
—Tú relájate, te aseguro que tampoco va a pasar lo del otro día en la tarde.
¿Lo de la tarde?
Gloria tragó saliva, sintiendo de pronto un nudo en la garganta.

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