Paulina chasqueó la lengua, les puso cara y le picó el brazo a Valentina.
—Abuela, ¿ahora qué trae mi mamá?
Valentina abrió apenas una rendija los ojos.
—Que haga lo que quiera. Total, Gloria no va a volver. Aunque se empeñe en casar a tu hermano con un burro, a mí ya me da igual.
Paulina se enderezó de golpe y se acercó a Valentina.
—No, eso sí no. Si mi cuñada es un burro, entonces la siguiente generación de los Córdoba va a salir con genes de burro. ¿Qué van a decir de mí?
—Ay… —Valentina le lanzó una mirada dura—. Ya deja de decir tonterías. Te pedí que checaras lo de Gloria y Jaime, ¿qué supiste?
—Ellos… pues bien. Cuando se pueda te cuento con calma.
Estos días Paulina había andado ocupada. La última vez que investigó lo de Jaime y Gloria fue cuando fueron, cada quien por su lado, a San Aurelio.
Valentina suspiró.
—A ver si luego tanteo a los Granados. Me late que no va a ser tan fácil que la acepten en esa familia.
—Dicen que los Granados son bien interesados. Ojalá que, con el bebé, Gloria por fin tenga algo que la respalde —dijo Paulina, convencida de que esa familia no la iba a dejar fuera tan fácil.
Mientras hablaban, afuera se escuchó el motor de un carro.
Entre las luces, la silueta de Federico se fue marcando.
Entró a la mansión, se quitó el saco y lo dejó sobre el brazo mientras caminaba con paso firme.
Al llegar a la sala y ver a Irene con los ojos rojos, su expresión dura se le fue suavizando.
—¿Otra vez llorando?
Nomás con eso, a Irene se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez.
—¿Cómo no voy a llorar? —Alicia sacó un pañuelo y le secó la cara—. Esas notas están horribles, tú las viste. Hoy tienes que darle a Irene una respuesta clara.
Federico aventó el saco como si nada y se sentó junto a Irene.
—¿Qué respuesta?
—Que se comprometan cuanto antes.
Alicia lo dijo sin pensarlo.

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