Helena y Alicia traían el rostro duro, como si vinieran a exigir cuentas.
Las dos miraban a Gloria como si por fin la hubieran agarrado “con las manos en la masa”.
Aunque la noticia ya la hubieran enterrado, el hecho de que a Irene la hubieran ridiculizado por “fea” ya había pasado.
¿Cómo iban a dejar que Irene se tragara ese coraje?
—Ustedes… —Diana notó de inmediato que venían con mala intención.
Irene se parecía a Helena; Diana reconoció en el acto que esa debía ser su mamá.
Pero no lograba ubicar a la otra mujer, la que se veía más elegante… y más furiosa.
Tres personas, seis ojos, clavados en Gloria, como queriendo perforarla.
Gloria parpadeó, respiró un momento y miró a Diana.
—¿Ya comiste?
—Sí —Diana alternó la mirada entre Gloria y las otras tres.
—Ya es tarde. Vete al hotel a descansar. Mañana que regreses a San Aurelio, buen viaje.
Gloria le sostuvo la mirada, sonriendo con calma.
Diana entendió: quería que se fuera.
Dudó unos segundos, se puso el abrigo, tomó su bolsa y se levantó.
—Usted debe ser la señora Orozco. La que dijo que su hija estaba fea fui yo. Se nota que está muy molesta… ¿por qué no salimos a platicar?
—¿Tú…? —Helena no esperaba que Diana lo admitiera así, de frente, y encima la retara a “platicar”.
¿Platicar qué?
—Se ve que está más enojada de lo que pensé. Vámonos.
A Diana no le daba miedo que se enojaran; le daba miedo que no se enojaran y no quisieran salir.
Se acomodó la bolsa en el brazo y se fue.
—Helena, ve tú. Aquí lo arreglo yo —Alicia tenía la cara dura—. Hoy ninguna de esas dos se va a ir tranquila.
Helena se dio la vuelta, pero luego jaló también a Irene.

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