Liam no pudo evitar reírse. Sus ojos la miraban con un cariño innegable.
—En ese caso, no comas más. No quiero que te indigestes.
Se levantó y colocó con delicadeza su propio saco sobre los hombros de Sofía.
—Estamos por salir y hace mucho viento. Toma, cúbrete con esto primero.
Sofía lo tomó, un tanto dudosa.
—¿Y qué hay de ti?
—Hago ejercicio todo el año, mi resistencia no se compara con la tuya. Tienes que abrigarte bien. Si te llevo de regreso enferma, Maite y Esther me van a cortar en pedacitos.
Bromeó con una sonrisa franca y despejada, con el porte de quien no le teme a nada.
La broma alejó cualquier incomodidad de Sofía, así que no se negó.
Para Santiago, sin embargo, la escena era un infierno. Miraba la sonrisa de Liam con tanto odio que casi podía imaginar cómo lo partía en dos con sus propias manos.
En cuestión de segundos, Sofía y Liam caminaron juntos hacia la salida. La imponente figura del hombre cubría casi por completo la silueta delgada de ella.
Verlos caminar uno al lado del otro, tan juntos que sus sombras parecían fundirse, hizo que Santiago sintiera que le arrancaban el corazón del pecho. Y eso que solo los estaba viendo por la espalda.
Jaime abrió la boca, temblando:
—S-señor Cárdenas... ¿Los seguimos?
—¿Es tu primer día trabajando para mí?
En lugar de darle una respuesta directa, Santiago le lanzó una mirada gélida que hablaba por sí sola.
Jaime no se atrevió a dudar ni un segundo más y salió apresurado para abrirle paso.

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