Por supuesto, si confirmaba que era su vestido de novia, lo ideal sería comprarlo en privado antes del evento.
Al pensar en eso, Sofía apretó los puños.
¡Nunca se imaginó que Isidora Rojas haría un truco tan sucio como subastar el verdadero vestido a escondidas!
Solo de recordarlo, su pecho subía y bajaba, sintiendo cómo la ira se apoderaba de ella.
Pero enojarse no solucionaba nada. Lo único útil era encontrar una estrategia rápido.
Sofía exhaló profundo para calmar su frustración y se dirigió al restaurante del hotel para encontrarse con Liam.
Como él se había despertado muy temprano, el lugar estaba casi vacío. Liam la esperaba sentado en una mesa junto a la ventana, rodeada de plantas decorativas.
—¿Ya bajaste? Estos postres son de edición limitada. Pensé que se acabarían rápido, así que tomé algunos para ti. Si no te gustan, le pediré al mesero que se los lleve.
Liam empujó un par de elegantes platos hacia donde ella se iba a sentar.
Sofía les dio un vistazo y sus ojos se iluminaron.
Eran todos sus favoritos.
Por un segundo, se preguntó si Liam habría investigado sus gustos a propósito.
—Qué coincidencia. Me encantan todos.
Se sentó de inmediato, sin escatimar en elogios hacia él.
Liam se sintió tan halagado que un ligero rubor le cubrió las mejillas. Negó con la cabeza y sonrió, diciendo que no era para tanto.
Ambos conversaban con mucha soltura, compartiendo la comida e invitándose a probar distintos platillos.
Y todo esto estaba siendo observado desde una esquina apartada.
Jaime ni siquiera se atrevía a respirar. En el fondo, rezaba para que esos dos solo fueran amigos. Si la situación se ponía más romántica, Santiago se convertiría en un témpano de hielo ambulante, y el que iba a sufrir las consecuencias sería él, que estaba sentado a su lado.
Se quejaba internamente y ni siquiera tenía el valor de levantar la mirada para ver la cara de su jefe.

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