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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 908

Apenas Flora cruzó el umbral de la puerta, la risa suave de Sofía se escuchó desde el teléfono de Flavia.

Flavia se quedó congelada, mirando el número desconocido en la pantalla con una expresión de puro terror.

—¡¿Tú la mandaste?!

La voz de Sofía al responder seguía siendo imperturbable.

—Parece que ni siquiera me tomó un par de horas.

Flavia se quedó sin palabras. Solo podía mirar con los ojos muy abiertos a Flora, que estaba a escasos centímetros de ella.

—¿Q-qué quieren hacer? Esto no es la cárcel, estamos en la calle, hay leyes...

—Dime todo lo que sabes. Si no... —Flora se frotó la barbilla y entrecerró los ojos—. Me parece que te dejaron salir en libertad condicional mucho antes de lo que te correspondía.

A Flavia se le cortó la respiración.

La sombra de aquellos días encerrada en una celda oscura volvió a asfixiarla.

Una de las condiciones que había negociado con la "gente importante" era salir antes de tiempo, y en eso sí le habían cumplido.

—Una liberación irregular. Si alguien presenta una denuncia, no solo regresarás, sino que tu condena aumentará.

Flora explicó esto con calma, recorriendo el rostro de Flavia con la mirada. Tal como esperaba, vio cómo la piel de la mujer palidecía al instante.

Los labios de Flavia temblaban, y su voz delataba su pánico.

—¡¿Qué demonios quieren?!

Gritó con desesperación. Un paso en falso y sentía que caería por un precipicio.

Si hablaba, enfrentaría la ira de los de arriba; si callaba, Flora la mandaría de vuelta a prisión.

El pez gordo le había advertido explícitamente que no revelara su identidad, o se arrepentiría.

—¿Segura que no vas a hablar?

Flora ladeó la cabeza.

Sofía apretó los dedos con fuerza.

¿Acaso Santiago estaba tan furioso creyendo que ella lo había traicionado que ordenó que la torturaran en la cárcel?

Sus emociones eran un torbellino. Los planes de venganza que había estado fraguando se frenaron de golpe.

En los últimos tiempos, Santiago la había tratado con una amabilidad inusual, e incluso le había ayudado en cosas que ella ni siquiera le había pedido. Esa actitud había hecho que, sin darse cuenta, comenzara a olvidar cómo la había tratado en el pasado.

—¿Cómo era físicamente?

Preguntó Sofía de nuevo.

—É-él... es todo lo que dijo... Era un tipo muy común, no me acuerdo bien de su cara, pero me aseguró que era un magnate de apellido Cárdenas y me advirtió que no se lo contara a nadie...

Al ver que no tenía salida, Flavia cerró los ojos y vomitó todo lo que sabía.

—Flora, regresa.

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