Felisa despertó envuelta en un abrazo cálido. La habitación ya estaba bañada por el suave resplandor anaranjado del atardecer que se filtraba por la ventana, tiñendo todo de un tono íntimo y brumoso, como si el mismo aire estuviera cargado de pereza.
Al moverse un poco, el hombre detrás de ella se adelantó, apretando los brazos y encerrándola firmemente contra su pecho.
Él apoyó la barbilla sobre su coronilla. Su voz, ronca por el sueño, resonó baja y profunda, haciéndole cosquillas directamente en el corazón.
—¿Ya despertaste?
Las mejillas de Felisa ardieron. Soltó un suave 'Mhm' y se removió un par de veces.
—Ya puedes soltarme.
Pero los brazos que rodeaban su cintura no se aflojaron; al contrario, la apretaron aún más.
Él soltó una risa grave y su aliento rozó la punta de su oreja, cargado de una seducción lánguida.
—Ya dormiste lo suficiente... ¿no crees que deberíamos hacer algo más?
Justo al terminar la frase, giró levemente la cabeza y depositó un beso en su cuello.
Felisa encogió los hombros por instinto y murmuró:
—Pica...
El hombre volvió a reír, con la voz aún más profunda y una posesividad que no intentaba ocultar. La punta de su lengua rozó su piel sensible, haciendo que ella se derritiera y casi colapsara en sus brazos.
—No te escondas.
Murmuró con voz ronca mientras cerraba el agarre, pegándola completamente a su cuerpo. Su respiración cálida, envuelta en las sombras del anochecer, recorrió centímetro a centímetro sus mejillas y la comisura de sus labios.
Felisa abrió sus grandes ojos almendrados y húmedos. Estaba a punto de hablar cuando él selló sus labios con un beso tan tierno como dominante.
El beso pasó de superficial a profundo, ardiente y febril.
La luz del crepúsculo cayó sobre sus figuras entrelazadas, fundiendo cada pequeño jadeo en la cálida atmósfera de la habitación.
El ambiente se llenó de un romance desenfrenado, imposible de contener.
Tiempo después, el hombre la sostenía fuertemente contra sí, completamente satisfecho.
Felisa sentía el cuerpo blando y sin fuerzas. Su piel estaba sonrosada, su cabello se pegaba desordenado a su cuello y en las comisuras de sus ojos aún quedaba un rastro de humedad.

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