Sus ojos brillaban como dos estrellas en medio de la oscuridad; toda ella irradiaba una energía luminosa y contagiosa.
—¿Sabes qué es lo más loco? Fue mi primera vez utilizando las agujas en alguien más. ¡Estaba aterrorizada!
Yahir sonrió de lado, con un gesto lleno de cariño.
—Sabía que estabas nerviosa, pero lo hiciste maravillosamente bien.
Al regresar a Castillo del Norte, la luz del alba ya comenzaba a asomarse. Después de desayunar juntos, Felisa subió a darse una ducha rápida.
Mientras tanto, Yahir sacó su teléfono e hizo una llamada confidencial.
—Quiero que el expediente y los antecedentes de Felisa queden bajo máxima encriptación en las bases de datos. Hazlo ahora mismo y personalmente.
—Entendido.
Era imposible mantener en absoluto secreto la milagrosa recuperación de doña Beatriz. Tarde o temprano, alguien ataría cabos e intentaría husmear en el pasado de Felisa. Si el mundo descubría que era la heredera de la Técnica de las Nueve Agujas y del mismísimo Dr. Claudio Quintana, se convertiría en un imán para ambiciosos que solo buscarían utilizarla.
Cuando Felisa salió del baño, se sentía fresca y renovada.
Tal vez era la adrenalina de haber salvado su primera vida, pero, aunque había pasado toda la noche en vela, no sentía ni una gota de cansancio.
Al escuchar pasos acercándose, volteó hacia la puerta de la habitación.
Sus ojos se abrieron de par en par.
El hombre acababa de salir de la ducha. Llevaba una bata gris oscuro atada descuidadamente a la cintura, dejando expuesta gran parte de su pecho esculpido.
El cabello negro, aún húmedo, caía sobre su frente. Pequeñas gotas de agua se deslizaban desde las puntas de su cabello hasta la piel bronceada y firme de su torso, bajando lentamente por su abdomen marcado hasta desaparecer tentadoramente en la tela de la bata.
La imagen era tan ardiente e imponente que a ella se le cortó la respiración.
Felisa se sonrojó al instante, ruborizándose hasta las orejas.
La mirada de Yahir se volvió intensa y oscura mientras caminaba lentamente hacia ella.
Al llegar al borde de la cama, se inclinó ligeramente, atrapándola contra los cojines, acorralándola bajo su cuerpo. El calor que emanaba de su piel se mezclaba con el aroma a limpio.
—¿Aún no duermes? ¿Me estabas esperando?
El corazón de Felisa latía desbocado en su pecho.

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