Los demás también la observaron, ansiosos por escuchar su respuesta.
—Lo siento, no es algo que pueda revelar.
Si no hubiera sido por el miedo a decepcionar a su maestro si dejaba morir a una inocente, jamás se habría involucrado.
Sabía muy bien que, si su identidad salía a la luz, su vida pacífica terminaría para siempre.
Pero el médico se negaba a aceptar un no por respuesta.
—Señorita, entienda que este avance médico podría beneficiar a toda la humanidad. Hay millones de personas que padecen enfermedades coronarias intratables en todo el mundo. Si usted pudiera...
—Acaba de decirte que no puede revelarlo, ¿acaso no entiendes el idioma? —Lo interrumpió Yahir, colocándose de inmediato delante de Felisa. Su mirada intimidante congeló al médico en el acto.
Julián intervino con tacto.
—Dado que a la señorita Valenzuela no le resulta conveniente dar detalles, le pido que no insista más. Puede retirarse con su equipo.
El mayordomo dio un paso adelante y acompañó a los doctores hacia la salida.
—Señorita Valenzuela, le estaré eternamente agradecido. Si no fuera por usted, mi abuela... —Julián hizo una pausa, con la voz cargada de emoción—. Pídame lo que quiera. Cualquier cosa que necesite, si está en mis manos, será un hecho.
Felisa sonrió con modestia.
—Salvar una vida es la mayor obra de caridad. Doña Beatriz todavía tiene muchos años por delante. Aunque sus arterias ahora estén libres, su cuerpo sufrió un gran desgaste. Necesitará tiempo para fortalecer su sistema inmunológico y restaurar su salud desde la raíz.
Sacó una libreta, anotó algo rápido y le entregó la hoja a Julián.
—Esta es una receta de medicina natural perfecta para su constitución. Que tome una infusión caliente por la mañana, otra en la tarde y una más por la noche, todos los días sin falta.
Julián tomó el papel. La letra era impecable, elegante y delicada.
Una letra tan hermosa como la mujer que la escribió.
La intensa mirada detrás de los lentes de Julián se detuvo en Felisa durante unos segundos más de lo necesario.
Los ojos de Yahir se oscurecieron al notarlo. Tomó a Felisa del brazo, jalándola suavemente hacia su espalda para bloquear por completo la visión del otro hombre, y declaró con voz ronca:
—Ya que doña Beatriz está fuera de peligro, nosotros nos vamos a dormir.
Felisa enrojeció de golpe.
¿Por qué tenía que usar exactamente la palabra «dormir» frente a todo el mundo? Sonaba a que lo decía con una intención completamente posesiva.
Julián captó la indirecta y, con una sonrisa amable y relajada, respondió:
—Los acompaño a la salida.

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